Cuando Rusia recula en Ucrania

Donetsk y Lugansk, Jarkov, Odessa y Nicolayev, la constelación rusófona que aspira a constituirse en “Novorossia”, como entidad segregada del sureste de Ucrania, insiste en celebrar este domingo su referéndum de autodeterminación. Y al hacerlo, sus milicias se resisten a la indicación el presidente Putin de que suspendan la consulta; indicación que, sorpresivamente, llegaba este miércoles desde Moscú. Y lo hacía acompañada de otro cambio radical en la trayectoria seguida hasta entonces por el Kremlin respecto al crítico proceso de cambio en que se encuentra incursa la nación ucrania.

Me refiero a la aceptación y conformidad por parte del jefe del Estado ruso, sin mayores explicaciones, de las urnas presidenciales del próximo día 25, programadas por el Gobierno provisional de Kiev con el propósito de cerrar la interinidad política en que se encuentra la nación y conforme la necesidad de hacer legal lo que la revolución popular hizo real, al recoger de la calle el poder que el expresidente Victor Yanukóvich, al escapar a Rusia, había dejado yacente en la calle.

A esa formalización de un genuino proceso constituyente, como se sabe, se había opuesto Moscú hasta el pasado día 7, en el curso de una trayectoria que bloqueaba por la vía de hecho la posibilidad de que una nueva conferencia internacional en Ginebra, entre las partes concernidas en el actual proceso de ajuste geopolítico en el Este de Europa: con la propia Ucrania, Unión Europea, Rusia y Estados Unidos. El Gobierno de Kiev no podría comparecer como un poder de facto, tal como lo hizo en la primera conferencia celebrada al efecto y posiblemente por lo cual quedó en agua de borrajas, vacía como estaba la realidad política de soporte jurídico formal, como es propio a todo sujeto de Derecho Internacional. A cualquier Estado.

Quizá pudiera reducirse a esto la clave el cambio de Putin en la que ha sido su política al respecto desde que su patrocinado Yanukóvich salió de Kiev como alma que lleva el diablo. Y posiblemente fue por vía de la (OSCE) por dónde le llegaran a Putin las argumentaciones para que abriera a la realidad del problema ucranio. Ello y la maceración de las meninges del Kremlin mediante las dos tandas de sanciones euroamericanas con represalias políticas y económicas. Y además, presumiblemente, con algo más que el eco de las reflexiones germano-americanas destiladas en el largo y puntual encuentro de la canciller Merkel y el presidente Obama en la Casa Blanca.

Putin, en esta grave cuestión de Ucrania, no se ha caído del caballo como San Pablo a las puertas de Damasco. El cambio ruso – que no cupo entrever de las previas manifestaciones al respecto por parte de Lavrov, su ministro de Asuntos Exteriores – ha llegado, sin embargo, con un retraso cierto. Las dinámicas previas, los hechos consumados, las actitudes definidas y las posiciones cristalizadas en el seno de las milicias rusófilas alentadas y lanzadas por el Kremlin, no cabe sin más involucionarlas, regresarlas al punto de partida en lo que concierne a la celebración del referéndum fraccionario, de los integrantes de “Novorossia”: esa Crimea de ocasión que ahora se le ha vuelto al presidente Putin piedra en el zapato a las puertas de la segunda Conferencia de Ginebra, pues no podrá menos que estar en la agenda de la misma. Todo lo referente a la nación ucrania en su normalización institucional está afectado por un mismo criterio de unidad de proceso político y jurídico.