Rusia veta las mismas urnas que impuso en Crimea

Más claro, agua. Una vez anexionada Crimea mediante una votación impuesta desde los prorrusos, Moscú, por medio del portavoz presidencial, Dimitri Peskov, arguye que en las actuales condiciones de violencia en el Sureste de Ucrania – consecuentes con la represión del Ejército ucranio, en Slaviansk y Kamatoks, para desmontar las barreras montadas por las milicias de los rusófonos en éstos y en otros lugares de la región -, no se pueden celebrar las elecciones previstas para el próximo día 25. Urnas mediante las cuales habrá de salir de su provisionalidad el actual Gobierno de Kiev. Un poder sobrevenido tras del abandono del anterior presidente, Víctor Yevutchenko, obediente a los dictados de Putin, en cuyo cumplimiento violó el acuerdo del Parlamento conforme al cual Ucrania suscribiría, en la solemnidad política de la Cumbre Europea de Vilna, un Acuerdo de Asociación con la UE.

Aquella brutal injerencia rusa contra una decisión formalmente soberana del órgano parlamentario ucranio, desató la pacífica insurrección popular que a su vez fue violada mediante el empleo e francotiradores contra los manifestantes por parte de los poderes cómplices del presidente Yanukóvich, que huyó de Kiev en un helicóptero el momento mismo en que se le agotaron todos y cada uno de los pasos que le restaban en su insostenible postura y en su imparable retirada. Desde los días de febrero en que sucedió todo aquello, ha sido implícita y directamente Rusia el poder motor político que ha inducido, ordenado y promovido el entero proceso de agitación contra la normalidad política del país, comenzando por la propia anexión de Crimea. Seguida de la agitación sobre las minorías rusófonas del territorio suroriental del Estado.

Han sido prácticas y estrategias conducidas a la imposición de un desenlace institucional del proceso hacia el formato federal del Estado que, en todo caso, sirva a Rusia como formato provisional y línea de acceso a Moscú – sobre Ucrania – hasta una ecuación de soberanía limitada de rango semejante al que la URSS de Breznev ejemplificó, el verano de 1968 en Checoslovaquia, para el entero conjunto sobre el imperaba la Rusia soviética. Se trataba de una forma de organización imperial que demanda lecturas de urgencia. Sí, de urgencia, porque todo esto de Ucrania llega en la hoja de ruta seguida por Vladimir Putin luego de haber afirmado – desde su poder, en ininterrumpido ejercicio diárquico de cambalache constitucional con Medvedev – que la desaparición de la URSS fue “una catástrofe geopolítica”.

Una cosa lleva a la otra. La emancipación de los espacios nacionales al desplomarse la URSS trajo consigo esa rebrotación de los fueros soberanos dentro de una amplia gama de supuestos y circunstancias; rebrotación en la que figura Ucrania como ejemplo y de menos cumplida manera que lo fue Georgia. A esta nación, en 1988, también le rebanó Putin sus correspondientes porciones: Abjasia y Osetia del Sur. En Georgia pasó este hombre los carros de combate por los campos donde había sembrado los pasaportes rusos. Y en Ucrania viene haciendo algo parecido, aunque los tanques en esta ocasión sólo los enseña desde el otro lado de la frontera; las tropas las envía sin ostentación de grado y con cara oculta, para que los soldados se puedan mezclar entre los milicianos con pasaporte ruso en el alma. Es película que ya hemos visto.