Fase crítica del problema de Ucrania

El Este de Ucrania es mucho más que el solo asunto de la península de Crimea. Tal estimación está en la clave de la ofensiva del Gobierno de Kiev para deshacer el control pro-ruso de la ciudad de Slaviansk. Operación que supone tanto un salto cuantitativo, por el nivel de recursos militares ahora desplegados; especialmente, por el empleo de 20 helicópteros para el transporte de parte de las tropas adscritas a la operación: cambio cualitativo de los criterios tácticos y estratégicos de la política seguida hasta ahora, aun después de la perpetrada anexión rusa de Crimea.

Corrobora lo radical del giro de la decisión de Kiev la previa afirmación de Sergui Lavrov, ministro ruso de Asuntos Exteriores, de que un supuesto como el ahora cursante podría tener “consecuencias catastróficas…” Corrobora lo radical de la variante habida con esta operación, en la que han sido derribado dos helicópteros con el empleo de misiles- cuyo manejo excede las capacidades y  preparación de unas simples milicias puntualmente movilizadas -, la oportunidad del momento elegido para llevarla a cabo: justo este viernes, cuando la canciller de Alemania, Angela Merkel, se encuentra en Washington para entrevistarse con el presidente Obama para una convenida y larga sesión de trabajo de cuatro horas en el Despacho Oval. Nada que se le pueda parecer a cosa de trámite, de tema corriente.

En lo tocante a la actualidad, de Ucrania, llevaba Merkel en su agenda, para la ocasión y aparte del escándalo de los escuchas telefónicas de la Agencia de Seguridad Nacional, el asunto de que entre los inspectores de la OSCE (Organización de Cooperación y Seguridad en Europa) detenidos y aun retenidos, como supuestos espías, por los milicianos que operan en el oriente ucranio. Figuran entre ellos tres alemanes; además de un intérprete también alemán.

Pero este puntual asunto de los inspectores de la OSCE es, en cierto modo, un componente menor dentro de la agenda merkeliana en Washington. Hay que reparar en la declaración del portavoz de la Casa Blanca, Jay Carney, ante la visita de la canciller. “La alianza entre Estados Unidos y Alemania – ha dicho – es indispensable para afrontar los retos del Siglo XXI, y uno de esos retos en lo referente a Europa, es el asalto a la soberanía y la integridad territorial que Rusia lleva a cabo contra Ucrania”.

A estas horas, vistas también las aseveraciones del director de la diplomacia rusa de que podría haber “consecuencias catastróficas” si el Gobierno de Ucrania hiciera algo como lo que ha hecho. Una ofensiva militar para rescatar el control de las dos regiones insurgentes. Entre las cuestiones de fondo que se plantean en esta fase crítica dentro de la propia crisis de Ucrania, figura la pregunta de si, al menos por parte de Estados Unidos, bastaría únicamente, como represalia frente a la contumacia de Moscú, una escalada en las sanciones económicas dentro de la línea seguida hasta el presente. Cabe la hipótesis de respuestas con rango superior, de alcance añadidamente político, con formato cuyo rango sólo excluiría de momento una intervención militar.

Es mucho poner lo que Lavrov ha puesto como riesgo y como precio, de “consecuencias catastróficas”, al derecho de Ucrania a defender la integridad soberana de su espacio nacional. Por razones obvias, Ucrania no está como Georgia el verano de 2008. Kiev se enuentra incursa en condiciones y capacidades de defensa que Tiflis no tenía cuando perdió Abajasia y Osetia del Sur el día que Vladimir Putin le hizo entonces aquella guerra, en forma de cosechadora, para recoger, como sendas anexiones, el fruto de la siembra de pasaportes previamente realizada entre la rusofonía georgiana. Ucrania tiene continuidad geográfica y enlaces políticos e institucionales con el resto de Europa de los que Georgia carecía. También es ocasión esta visita de Merkel a Washington para decirle a Putin que para nazismo geopolítico tuvimos bastante en Europa con los Sudetes en Checoslovaquia  y el Lebensraum, el espacio vital, de los geógrafos militantes en los siglos XIX y XX.

Eso no debe valer para el Siglo XXI. Menos aun cuando los acuerdos de Ginebra  sobre el particular sólo son sombra y ceniza. Muertos entre todos.