Flojea Alemania ante la presión rusa en Ucrania

Será cosa de advertir sobre algo más que la sola eventualidad de un chaqueteo de Alemania – expresado en términos de tibieza – cuando el presidente Obama insta desde Manila a que Europa haga frente al apoyo ruso a los milicianos del sureste de Ucrania, justo el mismo día en que la Casa Blanca anuncia una nueva oleada de medidas punitivas contra siete individuos del entorno personal del presidente Putin, entre el que se incluye el máximo responsable de la petrolera Rosneft. O sea, ante el primer impacto de relevancia personalizada en el complejo industrial de los hidrocarburos de la Federación Rusa, de referencias muy significativas para las opciones y para las significaciones energéticas, en términos personales y en términos estructurales para Alemania dentro del diseño económico y político de la Unión Europea.

Si de una parte todo un ex canciller de Berlín, Gerhard Schröder, se encuentra instalado en lo más alto del sanedrín de Gazprom -algo aparentemente muy comprometido en la actual tesitura de la irrefrenada crisis de Ucrania, de implicaciones profundamente sistémicas para el conjunto comunitario de Europa -, ocurre de otro punto que la actual situación, de quiebra del estatus quo europeo, ha encontrado a la República Federal con el pie cambiado en su modelo energético, luego de haber decidido el Gobierno de Merkel en la legislatura anterior – cuando aún estaba caliente el sillón del canciller Gerhard Schröder, la cancelación del parque nuclear germano para ser sustituido en su base por el gas natural suministrado por la Federación Rusa.

Fórmula jubilatoria de la energía de fusión aplicada cuando el Kremlin de Vladimir Putin y sus gentes del KGB todavía no habían comenzado la demolición del estatus quo sobrevenido en el postsovietismo. Primero con la guerra de Georgia para la anexión de dos de sus territorios – Osetia del Sur y Abjasia – y después con la presión contra los Gobiernos de Kiev, mediante la alternativa del palo y la zanahoria del gas, hasta desembocar en el hachazo de Yanukóvich sobre la Cumbre Europea de Vilna. Prólogo de la anexión de Crimea y de la subsiguiente predación corsaria, en el Sureste de Ucrania, ejecutada por medio de las minorías rusófonas, cuya presión sigue adelante, mediante la ocupación armada de las sedes estatales ucranias, pese a que en la última Conferencia de Ginebra, sobre este particular, se acordara por Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia la desactivación de tales milicias.

La dependencia energética alemana del gas ruso no era problema durante el tiempo en el que el Kremlin de Putin no se había descartado aun con sus planes de restauración del “hecho geopolítico” que supuso la Unión Soviética: sacramentada en términos territoriales por medio de la crimeana Conferencia de Yalta, con Stalin, Roosevelt y Churchill. Y en términos políticos, a partir de 1968, por Leónidas Breznev, con la doctrina de la Soberanía Limitada.

Tales toros están de nuevo en la plaza con la política cursante de Vladimir Putin sobre Ucrania. Y en medio mismo de la arena aparece la dependencia energética alemana: crítico generador de debilidades y flaquezas políticas ante este muy inquietante respecto.