La tensión palestina se suma a la de Ucrania

Es como un puente eléctrico tendido entre la orilla rusa y la ribera norteamericana, presentes como soportes respectivos de la presión moscovita contra la integridad nacional de Ucrania y de la presentación de la vertiente radical palestina (la del reconciliado Hamás con la OLP) que viene apoyada desde hace más de siete años por la República Islámica de Irán: a la que sostiene Vladimir Putin en la renacida dialéctica bipolar entre el Kremlin y la Casa Blanca. Estas concatenaciones pueden dar al traste con la culminación el próximo mes de mayo de los acuerdos suscritos en Ginebra sobre el programa nuclear iraní. Al igual que las cerezas, se enredan unos con otros los conflictos internacionales del momento.

Si no deja de ser alarmante que Rusia inicie maniobras militares junto a la frontera de Ucrania en respuesta a la represión militar, iniciada por el Gobierno de Kiev, de la violencia en el Sureste del país de las milicias pro-rusas – que pasaron de los movimientos de ocupación de sedes gubernamentales a la tortura y asesinato de un diputado local ucranio -. Milicias a las que ya han causado bajas mortales. Se añade a ello la preocupación por el desplome de las conversaciones de paz que sostuvieron hasta ahora el Gobierno israelí y la Autoridad Nacional Palestina, a causa de la reconciliación política entre las huestes pro-iraníes de Hamás, de islamismo radical, y la facción nacionalista de la OLP.

Si para Putin no es de recibo que el Gobierno provisional ucranio responda al desafío de los milicianos rusófonos con sus ocupaciones de sedes de la Administración estatal del país, tampoco lo es para el Gobierno de Israel que sus interlocutores palestinos nacionalistas pacten la unidad política con la facción islamista de Gaza que un día sí y otro también bombardea el contiguo espacio judío con misiles de variable calibre y artesanía. Mientras que, de otro punto, tampoco los interlocutores palestinos pueden soportar indefinidamente el proceso colonizador – por vía inmobiliaria – del Estado de Israel sobre espacios a los que no tiene derechos ostensibles.

Pero la conexión política más relevante entre estos dos dispares escenarios de crisis, el ucranio y el palestino, es la que representa Teherán. La suspensión israelí de las conversaciones de paz con los palestinos, por la referida causa, encaja, aunque de forma mediata, indirecta, contra la reciente agenda diplomática ruso-americana. Y, de semejante manera, queda trabado en ello el futuro del consenso logrado en Ginebra sobre las armas químicas usadas en la guerra civil de Siria. Por el flanco iraní – al que tan lógicamente sensible es Israel por su alianza con Hamás- puede saltar antes que después el efecto de la situación internacional creada por la ruptura rusa del estatus quo existente en la Europa centro-oriental desde la desaparición de la URSS.

Son horas éstas en las que la crisis de Ucrania genera, lateralmente, efectos desestabilizadores de inquietantes e imprevisibles desarrollos. Capaces de ir bastante más allá del sólo y referido síndrome de las cerezas.