Mejora posible de la relación España-Francia

No es que sea mala la actual relación hispano-francesa, aunque sí manifiestamente mejorable. Y digo “manifiestamente” porque subsisten estrecheces de miras e incomprensiones más propias de otros tiempos que de este presente de compartido proyecto en el destino de Europa. Así son las cosas y así estaban hasta hace unas semanas, cuando la circunstancia histórica nos ha “obsequiado” con el relanzamiento en Ucrania de la aventura putiniana. Primero con la zancadilla de Vilna contra el compromiso de Kiev con Bruselas, y después con la anexión de Crimea y las manipulaciones corsarias en el Este ucraniano, donde el “Don” volvió a perder su condición apacible…

No es mala, digo, la relación hispano-francesa, pero el giro de los acontecimientos sienta las bases quizá suficientes para que esta relación pase de aceptablemente discreta a cumplidamente suficiente. Por el hecho de que los Pirineos pasaran a ser plataforma de cooperación en lugar de barrera de separación, peso muerto y disuasor obstáculo para mayores entendimientos franco-españoles.

Cuando el nuevo Kremlin se aplica por Ucrania a cocinar la Geografía en salsa de mitologías eslavas y mesiánicas, y amenaza de rebote quitar a la UE el 30 por ciento del resuello gasístico que le suministra a través de las tierras negras del conflicto cursante; cuando las cosas están así, es llegado el momento de que la Unión Europea recuente los naipes, las posibilidades que le depara la geografía propia y los activos institucionales de que consta su proyecto. Entre estos activos habría que destacar en su atención y subsiguiente uso la solidaridad y la coherencia entre ciertas de sus entidades nacionales. Principalmente, las viejas naciones fundadoras de la Europa misma.

Partiendo de la evidencia de que una Europa unida y también institucionalmente vertebrada debe ser asimismo una Europa más internamente permeable, con una trama de conexiones semejante a la de las neuronas del tejido cerebral. Una Europa así habría de estarse traduciendo ya, por parte de Francia, en la apertura suficiente a la conectividad con España. Especialmente para la energía y el transporte por carretera. Abunda en esta consideración un compacto conjunto de razones.

En lo energético y frente a la eventual tentación rusa de manipular los suministros de gas en respuesta al apoyo euro-americano a Ucrania, España no sólo dispone del acceso a las fuentes gasísticas norteafricanas y del Oriente Medio para acarrear el gas licuado a sus puertos, sino que está enlazada por dos gasoductos con Argelia y, además, tiene en su equipamiento industrial las plantas procesadoras del gas líquido, amén de los reductos idóneos para la acumulación de las reservas pertinentes. Y este entero conjunto español se encuentra en términos de uso presumiblemente inmediato.

El gas norteamericano tiene por en medio el Atlántico. El que se aportaría a través de España tiene como único obstáculo los Pirineos. Todo depende de la voluntad francesa, necesaria igualmente para una suficiente interconexión eléctrica; también para la interconexión pirenaica adecuada en lo que toca al transporte por carretera. Francia habría de abrir compuertas viarias a la desembocadura en su espacio nacional del túnel de Somport, en el Pirineo central, a dónde afluiría por la autovía de Sagunto lo principal de la exportación agrícola de la Comunidad Valenciana y del Sureste, amén de buena parte de la originada en el Valle del Ebro. Si Francia diera el paso al frente, la UE se redimensionaría energéticamente; España se habría encontrado con la posición adecuada en el momento oportuno. Y Vladimir Putin habría sido el catalizador, la mosca caída en el tubo de ensayo que desencadenó la respuesta de la mejor razón franco-española.