Desacuerdos con Ginebra

La llegada a Kiev de Joe Biden, el vicepresidente estadounidense, para hacer más expresivo el apoyo de Washington a la revolución popular ucrania contra la impostura del presidente Yanukóvich en la Cumbre Europea de Vilna, al traicionar éste a favor de las pretensiones rusas el votado compromiso nacional para una acuerdo de asociación, no sólo se ha encontrado con un cuadro de crispación reactivada por varias muertes de pro-rusos en el sureste del país, sino con la elevación de este suceso por Sergei Lavrov, ministro de Asuntos Exteriores en el Gobierno de Vladimir Putin, a la categoría de incumplimiento por parte de Ucrania de los acuerdos suscritos en la Conferencia de Ginebra.

Añade como argumento de fuerza mayor, junto al reconocimiento de que en el oriente de Ucrania subsisten las ocupaciones de sedes oficiales del Estado por rusófonos y “simpatizantes” de éstos – entre los que al parecer abunda tropa rusa que opera en corso (sin enseñas ni uniformes) a favor del Kremlin – que desde Kiev” no han movido un dedo para eliminar las causas de fondo de este profunda crisis”. ¿Qué causas de fondo son esas que el fondo mismo del problema que llevó al levantamiento popular contra el Gobierno de ese Yanukóvich que tras de abandonar el poder corrió a refugiarse más allá de Crimea, en el feudo imperial del contramandante y presumible pagador ruso que había abortado “in extremis” la vinculación de Ucrania a la Unión Europea?

Se trata de algo más que sólo hablar por no callar. El fondo de la crisis no es otro que la crisis del modelo geopolítico sobrevenido en Europa después de la desaparición de la URSS. Modelo contra el que se ha pronunciado el nacionalismo ruso que subyacía bajo el cascarón leninista del comunismo soviético. Un nacionalismo cuyo supremo representante es Vladimir Putin, expresado diárquicamente en la comparecencia gemelar de Dimitri Medvédev. Discreto y grisáceo personaje con quien se alterna en sus cometidos de poder cada vez que se agotan los respectivos dos mandatos en la jefatura del Estado que permite la vigente Constitución rusa. Esa singularidad funcional, única en la toponimia de las democracias de raza blanca (hecha la excepción que supuso en el pasado la permanencia en el poder del presidente Roosevelt), permite el logro de objetivos sólo asequibles al cabo de plazos de ejecución tan prolongada como de sostenida continuidad…

Sin condiciones de poder como estas que ahora se dan en la Rusia de Putin no sería posible manipular las cosas en que Putin se empeña, como esta reconstrucción de un nuevo imperio ruso. Pero esas condiciones de permanencia y continuidad, tan necesarias, no bastan. Un tiempo de globalización de los procesos de poder como este ahora cursante no es compatible con sueños de esa naturaleza putiniana, tan mesiánica como peligrosa tanto para la paz como para la propia supervivencia del mundo.

Mucho tiene que ver con esto el signo que corresponde a la visita a Kiev del vicepresidente norteamericano. Biden ha llegado para subrayar lo obvio. Eso de que Ucrania no está sola.