La “borroka” del 22-M, ¿estética revolucionaria de importación?

Cuando la Fiscalía pide informes policiales sobre si hubo grupos organizados durante el 22-M, no es inoportuno que quienes seguimos la actualidad internacional aportemos el recordatorio de la informaciones circuladas en los medios, de las que sí cupo observar en su momento -ahora en Grecia con las protestas sociales contra las medidas de austeridad aplicadas a la crisis económica; y en Italia, por otros motivos y en reiteradas ocasiones- la actuación de grupos muy violentos, a los que se viene aplicando la calificación y clasificación de “antisistemas”. Y más acá, en diferentes ciudades de España, como Barcelona, Bilbao y algún ámbito urbano de Galicia, el fenómeno también se ha reiterado. No es preciso salir de nuestras fronteras nacionales para toparse con actuaciones de ese jaez.

Sin embargo, además de haber tomado nota de tales desmanes contra el orden público, y especialmente contra sus servidores, debe reconocerse la grave singularidad de la violencia reiteradamente focalizada contra éstos habida en las horas críticas del 22 de Marzo. Momentos hubo durante esta ocasión en que los actuantes contra la Policía Nacional parecían poco menos que imbuidos no de una ética revolucionaria, social o patriótica, sino de una estética de riesgo controlado y, por ello mismo, tramposo y embaucador.

Nada que ver lo actuado con lo habido, por ejemplo, a lo largo de las sucesivas etapas de la llamada “primavera árabe”, o de la rebelión de los ucranios manifestándose en Kiev y poniendo cerco al Parlamento que sostenía a los cleptócratas, cómplices de los propios gobernantes rusos que vinieron, al cabo, a quedarse con Crimea y pretender después el desjaretamiento de la unidad nacional ucrania por vía de un sistema “federal” que les encontrara desunidos y a merced del inveterado nacionalismo ruso. No iban los manifestantes de Kiev contra los policías, sino contra la estafa política cometida pos su presidente al entregar a Rusia el mandato recibido de su pueblo para que firmara la asociación con la Unión Europea.

Tampoco iban las juventudes egipcias, como antes las tunecinas y las líbicas a otra cosa que no fuera el acceso a unos caminos de libertad política capaces de llevarles a la prosperidad y el progreso. La estética de esas revueltas llegaba equilibrada con ideales de modernidad y justicia, dispuestos los más de sus componentes a dejarse la vida sobre el asfalto urbano. Tal estética, aunque llegara a ser detonante de la manifestación y la protesta, no fue nunca coartada para la barbarie, el nihilismo y el terrorismo.

Lo ocurrido en el 22-M, y luego en la Ciudad Universitaria de Madrid, nuevamente con la buscada caza del policía nacional, nada tuvo que ver con espontaneidades variablemente heroicas ni con el riesgo personal de ucranios, egipcios o tunecinos, sino con una dinámica de coartada para la subversión y cuando no para la práctica del terrorismo a la manera de las “borrokas” de Euskal Herria y Cataluña -con Eta y Terra Lliure-, en sus respectivos turnos escénicos antes, durante y después de la Transición. Esos grupos de delincuencia antiespañola están ahí. Su estética es sólo la del nihilismo y la cobardía. Nada que ver con la de los patriotas de Kiev, El Cairo, Túnez y la Cirenaica.