Crisis del Mar Negro: tras la anexión, la injerencia

Pudo parecer, tras la llamada de Putin a Obama, que la Federación Rusa traducía, diríase que como acuse de recibo, los efectos de la presión desarrollada por Estados Unidos y la Unión Europea con sus considerados acuerdos de colaboración energética entre ellos, principalmente con el suministro de gas de esquisto: recurso con el que Norteamérica se ha emancipado de toda dependencia energética del exterior.

Pero no sólo por eso. Putin también mueve pieza, ya que la partida de ajedrez continúa junto al Mar Negro y por Ucrania, dado que el conjunto de medidas políticas y diplomáticas para cercar internacionalmente a Moscú se irán incrementando. Y lo harán en la medida que subsistan las actuales condiciones políticas y militares nucleadas por la anexión de Crimea.

Moscú hace algo más que echar balones fuera para ganar tiempo y crear expectativas de cambio entre los occidentales, susceptibles de agrietar la unidad de acción que a los distintos niveles, político y militar, existe en estos momentos desde la Conferencia de La Haya.

Todas las reservas tienen cabida ante el movimiento de estas horas, cuando John Kerry, el secretario norteamericano de Estado, interrumpe su ronda de visitas en Oriente Medio – para continuar el trabajo iniciado por el presidente Obama con su visita a Riad donde tratar con el rey Abdala sobre los alcances de los acuerdos parciales alcanzados con Teherán sobre el programa nuclear iraní – y encontrarse en París con su homólogo ruso Lavrov con objeto de analizar los términos de la iniciativa rusa de federalizar la estructura constitucional de Crimea. Algo más que sólo la ocurrencia de sumar a la anexión de Crimea la injerencia sistémica en la unidad nacional de Ucrania.

El rechazo occidental será rotundo. De no ser así Ucrania resultaría balcanizada conforme el modelo político del Partido de las Regiones del depuesto Presidente Yanukóvich. Una fórmula que consagraría, por la vía de hecho, la vinculación ucraniana a la Federación Rusa y el regreso a sus pesebres de las huestes de Yanukóvich.

Resulta tan descarada la maniobra, que la iniciativa rusa no prosperará si sus términos exactos se corresponden literalmente con lo declarado por Lavrov. La hoja de ruta que la comunidad occidental necesita para despejar la situación creada por la crisis de Ucrania y la anexión rusa de Crimea, no pasa por desvertebrar la entidad nacional de Ucrania, fragmentándola en fracciones regionales sensibles a la gravitación rusa, por clarísimas razones de masa y proximidad – de la Ley de Newton que también rige en el espacio geopolítico -, sino por “federar”, de una vez por todas, las políticas energéticas nacionales de los componentes de la Unión Europea, engrasándolas con las necesarias interconexiones y engranándolas, a su vez, con la sobrevenida capacidad energética norteamericana desde el gas de esquisto.

La estrategia occidental ha de postular, frente al actual estado de cosas por la crisis del Mar Negro, la emancipación a tout azimout, que decía el general De Gaulle, de la dependencia europea de los hidrocarburos rusos. Esta dependencia es doble: europea, mientras la balanza energética siga como está; y rusa, si Occidente pone en orden sus propias capacidades de concertación interna.