La OTAN de los hidrocarburos y los cadetes del KGB

El reconocimiento por la canciller Merkel de que la Unión Europea busca cómo reducir su dependencia del gas ruso – que supone el 35 por ciento del que consume Alemania -, a la vista de la dinámica política desatada con la anexión de Crimea, ha venido a enlazar con el ofrecimiento del presidente Obama de aportar a la UE gas de esquisto – con el que Estados Unidos se ha emancipado de la dependencia energética exterior -, y una cosa y la otra han llevado a que los medios gubernamentales rusos vinieran a tildar de “fantasía” una guerra del gas con Occidente.

Descontadas obvias cuestiones previas como los procedimientos y formatos de los acuerdos que habrían de llevar a tal colaboración energética en una suerte de “OTAN de los hidrocarburos”, lo incuestionable es que el mandatario estadounidense ha puesto ya su carta sobre la mesa – que se habría de complementar con la esgrima de otros naipes energéticos, como los flujos gasísticos aportados a través de España e Italia, procedentes del norte de África, Oriente Medio y desde otras distintas fuentes africanas de este lado del Atlántico; tenido en cuenta además que, por vía de las habilitadas interconexiones hispano-francesas, resulta accesible la sustitución de los suministros de hidrocarburos rusos a Europa en su práctica totalidad, se evidencia que la aventura putiniana sobre Crimea podría costarle a la Federación Rusa, además de las sanciones políticas y morales por parte de la comunidad internacional (la Asamblea General de Naciones Unidas acaba de condenar por gran mayoría la anexión), la pérdida entera y verdadera de su mercado gasístico europeo.

El jaque mate habido sobre Crimea, en el ajedrez de las nuevamente tensadas relaciones Este-Oeste a propósito de Ucrania, tras del defenestramiento popular de la cleptocracia de Yanukóvich y sus cuates, es tal jaque mate jugada que se comienza a configurar para el Gobierno ruso como un disparo en su propio pie.

La pérdida del mercado europeo del gas supondría un quebranto estructural en la medida que no sólo se expresaría desde simples términos de lucro cesante, sino también en los añadidos daños emergentes que supondría la amortización de las inversiones realizadas por Moscú en el tendido de la red de gasoductos dispuestos hacia el Poniente europeo; desde el establecido sobre Ucrania hasta el tendido bajo las aguas del Báltico. Asimismo, habría que anotar en el balance de las pérdidas y las mermas rusas en espacios marginales de la opción europea como mercado, el empobrecimiento estratégico derivado de su eclipse cuasi-monopolista dentro de esa alternativa energética. Pues no parece verosímil la factibilidad de apadrinar un proyecto supranacional que fuera algo así como una OPEP del Gas, partiendo de la integración en una unidad estratégica de países productores de este combustible suficientemente dispuestos por afinidad política, como Irán y Venezuela por ejemplo, además de otros, a condicionar internacionalmente el precio de esta fuente de energía primaria.

Lo más tranquilizador de estas alternativas económicas de concertación internacional frente a la deriva de la Federación Rusa, tras de la del asunto de Ucrania/Crimea y, también, luego de la guerra de Georgia, es que por el camino de ellas hay sobrados recursos para la presión internacional como respuesta al aventurerismo geopolítico de los cadetes del KGB.