Gran marejada de cambio epocal

Cabría decir que la ciclogénesis explosiva es concepto meteorológico que se ha desplazado al espacio político y social en sus más diversas escalas y escenarios temáticos. Abarca el fenómeno desde la anexión de Crimea por Rusia al quererse Ucrania apartar de la injerencia de ésta; intromisión basada en un retroactivo derecho de inercia por parte de Moscú a mantener a los ucranios en un estatus de subordinación y dependencia fácticos, equivalentes a los propios del tiempo de la URSS. O sea, de un compás galáctico resumible en la idea brezneviana de la soberanía limitada. Categoría expresamente constreñida a cada una de sus partes, menos en la representada por la sede central del mesianismo eslavo: sita en Moscú como cabeza de la Tercera Roma. Rango jerárquico previo, por tanto, al propio hecho del dominio soviético sobre la Europa Oriental, consagrado entre los Tres -Roosevelt, Stalin y Churchill – en la localidad crimeana de Yalta, una semana de abril de 1945.

Casi 70 años después, menos del tiempo que duró la URSS, la Rusia de Putin reivindica con la anexión del mundo de Yalta, de la entera Crimea y sus posibles aledaños, el derecho a restablecer los limes entonces establecidos por el sovietismo.

La réplica occidental ha sido la Conferencia de La Haya, rotulada con el enunciado de un tema relativamente menor pero centrada sobre un asunto mayor que no es otro que el de convenir por el mundo atlántico en la necesidad de ir a dos cosas: el rescate de lo convenido en Yalta, como base de la cartografía política europea en la postguerra, al tiempo que como línea de partida para negociar desde las condiciones de hecho decantadas desde esos 69 años transcurridos desde Yalta. Condiciones políticas, económicas, sociológicas y militares en las que la Federación Rusa no es, obviamente, una pieza más; pero en las que los otros euro-orientales son titulares de derechos a reconocer como sujetos de libertades nacionales y soberanas.

En lo geopolítico no se trata de meteorología de curso promedio, normal y convencional sino de un cambio climático que trae como pórtico una ciclogénesis explosiva. De la que son de esperar sucesivos y prolongados trenes de borrascas y tensiones entre el mundo atlántico – con sus distonías internas entre los anglo-americano y la Unión Europea (amén los conflictos internos de la UE – desde Berlín, Londres y París – sobre la libertad de circulación y asentamiento de búlgaros y rumanos y otros eventuales menesterosos) – y el conjunto de condición eslava con el que la Rusia de Putin, con sólo un PIB como el de Italia pretende vertebrar, por sí y para sí, el espacio euro-asiático, como si para ello bastara de sólo disponer de ocho husos horarios y traducir- en términos de chavismo venezolano – los recursos naturales en riquezas operativas y disponibles a corto y medio plazo.

Pero la gran marejada, como queda señalado al comienzo de esta nota de actualidad, afecta también a la de los espacios nacionales como el español. Tal como queda significado en la violencia de contagio dentro de la que quedan desbordados los cauces de debate social y político sobre asuntos de significación preferente, como la dureza de las condiciones generadas por la crisis económica o la protesta contra los términos de reforma educativa. A los sucesos de “borroka” en que desembocaron las manifestaciones del día 22, con lo primero, se ha venido a sumar la “chilenización” estudiantil ayer culminada con los repetidos ataques a la fuerza pública y las barricadas en la Universidad Complutense.

Fenómenos que desde mi punto de vista resultan inexplicables sin diseños de “estado mayor” elaborados desde la izquierda comunista, para reventar la legitimidad democrática del poder gobernante. Y, en este concreto caso de la enseñanza, como demostración palpable de la necesidad de cambiar por su raíz las condiciones normativas que han traído este aquelarre de adolescentes descerebrados que juegan a la agresión homicida contra la Policía Nacional. Hay marejadas, las más peligrosas, que no son las de la Naturaleza sino las que vienen de la Historia, en cambios epocales de irresponsabilidad políticamente inducida, cuando la Oposición incurre en deslealtad al sistema democrático.