Transición inversa en la distensión

El espoletazo de Crimea, con su anexión por parte de Rusia, ha llevado las relaciones internacionales, en lo que respecta a la bipolaridad Este-Oeste al punto mismo en que se había cerrado el ciclo de la Guerra Fría. Rusia ha sido prescindida formalmente como interlocutor, al hilo del encuentro de La Haya, sobre el control de materiales radiactivos susceptibles de extraviarse por fines contrarios al Tratado contra la Proliferación Nuclear -como ha sido y sigue siendo todavía el caso de la República Islámica de Irán-, o de llegar a manos terroristas.

El acuerdo de no acudir a la localidad olímpica Sochi, tal como en principio se programó para celebrar allí la próxima reunión del entonces G-8, puesto que este consensuado foro se reconvierte en G-7 por la exclusión de Rusia, mientras Putin no rectifique la línea de quiebra abierta con la anexión de Crimea -a la que corresponde su despliegue de fuerzas militares  en los límites sur-occidentales de la Federación-, y la decisión de celebrarla el próximo junio en Bruselas; una y otra cosa, son golpes de timón con claro signo involutivo

Las afirmaciones del ministro de Asuntos Exteriores rusos de que el G-8 era sólo tanto como un foro sin mecanismos formales de entrada y de salida, y que por lo tanto la exclusión rusa ha sido un acto formalmente irrelevante, es discurso de mal pagador. Se trata de algo encajado dentro de un proceso abierto y de tensión sobrevenida -por parte del miembro excluido- en términos que quiebran el ‘status quo’ definido por el fin de la Guerra Fría. Es decir, desde el momento mismo en que implosionó la Unión Soviética.

Cierto es que la independencia de Kosovo supuso algo de cierta simetría con el caso de Crimea, pero también lo fue, en sentido contrario, la guerra que Rusia hizo a Georgia, sin causa justa y con el botín geopolítico de la anexión de Abjasia del Sur, previamente sembrada de pasaportes rusos para su población. Lo indiscutible es que la presión rusa sobre espacios que fueron involucrados por el hecho soviético, responden al mismo síndrome de restauración putiniana del contexto geopolítico de la URSS. Como queriendo restablecer, golpe a golpe, la geopolítica diseñada en la Conferencia de Yalta.

Ni en el mismo foro ni en el mismo club, como es el caso del G-8, caben miembros que no respetan los correspondientes estatutos o reglas internas, tanto da que éstas sean convenciones expresas o aceptaciones tácitas. Reconducidas en todo caso a una conciencia compartida, a un consenso, sobre qué cabe hacer y qué no para caminar juntos un camino más seguro contra los riesgos de toda guerra y los peligros de la pobreza en el mundo.

Pero esta vuelta atrás, esta transición inversa a que ha llevado la mutilación de Ucrania por causa de la anexión rusa de Crimea, y que amenaza con prolongarse mediante injerencias sistémicas de Rusia en los asuntos internos que sólo corresponden al Gobierno de Kiev; tan severa actuación por Putin contra el consenso general establecido entre Moscú y Occidente, abre interrogantes de bulto sobre consensos puntuales que valieron para detener una internacionalización de mayor cuantía de la guerra civil en Siria, lo mismo que para habilitar salidas al intrincado problema nuclear de la República Islámica de Irán. Algo puede tener que ver con estos dos asuntos la inmediata visita del presidente norteamericano a Riad. Sabidas son las reservas de Arabia Saudí sobre el eje Damasco-Teherán.