Metástasis de borroka

Durante las mismas horas del pasado viernes, cuando tantos españoles estábamos, avisados y alertados por la noticia de la inminente muerte de Adolfo Suárez, en la consciencia retrospectiva de qué había aportado el primer presidente de un Gobierno salido de las urnas tras de los años de la Guerra Civil y del largo paréntesis de excepcionalidad derivado de ésta; cuando parecía entrar en su fase final la multitudinaria manifestación en Madrid, llegada de muchas partes de España, organizada por las izquierdas y vertebrada por los comunistas de distinta adscripción, derivó, entre Cibeles y Colón, en una explosión de violencia resuelta en magnitud que no recuerdo en mi ya larga experiencia periodística.

El elevado número de policías heridos (dos de gravedad del total de 50) y el de los presuntos componentes de guerrilla urbana detenidos (24, tres de ellos menores), ilustra sobre lo singularmente desigual entre el comportamiento de la fuerza pública durante los choques y lo muy asimétrico de las voluntades en colisión, por decirlo de alguna manera: entre los responsables de preservar el orden y quienes no escatimaron medios para subvertirlo en términos de barbarie urbana. Como lo han hecho históricamente, durante la Transición, los etarras de la kale borroka en las Vascongadas, y los actuales “antisistema” de extrema izquierda. Éstos que al aire de la crisis económica y de sus duras consecuencias sociales, lo han practicado hasta ahora, mucho menos aquí, en España, que en Grecia e Italia.

Pero en el caso de la marcha de protesta sobre Madrid, atenidos a la circunstancia nacional de la agonía y muerte de quien operó el cambio de régimen político desde el autoritarismo de nuestra larga postguerra a la democracia de libertades, lo que más resalta en estos sucesos de Madrid es que fueran los comunistas a quien Suárez abrió la puerta a la libertad política, quienes actuaran como promotores de la demostración de fuerza en Madrid. Una exhibición medida en términos de capacidad de convocatoria para aglutinar a quienes más soportan el rigor da la crisis, pero también para desplegar su propia “borroka” en términos de violencia bien superiores a los propios del etarrismo vasco.

Llegados a este punto lo hace también la oportunidad de añadir otras observaciones sobre lo ocurrido en la batalla campal de la noche del viernes. Sería una de ellas, junto a lo apuntado sobre las protestas por la crisis en la Europa meridional, el componente de efecto escénico que vienen generando las reiteradas estampas de acoso a los Gobiernos norteafricanos, en el curso de la llamada Primavera Árabe, y las habidas en la capital de Ucrania contra el poder pro-ruso que allí se encontraba establecido. Proceso que ha traído después la anexión rusa de Crimea y su enmascaramiento por la vía de un referéndum ilegal, dentro de la fricción geopolítica occidental con el nacionalismo postsoviético expresado por el régimen de Vladimir Putin.

Sin embargo, en los disturbios del pasado fin de semana por el madrileño eje de la Castellana, hay un dato de especial relevancia en lo tocante a la instrumentación que los comunistas quisieron hacer, echando mano en continuidad muy expresa de las experiencias “revolucionarias” llevadas a cabo en Andalucía por el fantasmal Sánchez Gordillo, el Emir de Marinaleda, y sus jornaleros, ahora con pujos separatistas además de las ocupaciones episódicas de propiedades privadas y públicas, amén de alguna razia confiscatoria de alimentos en supermercados. Al hilo de tales precedentes, promovieron hacer lo propio en el mismísimo Paseo de la Castellana, frente a la Biblioteca Nacional, como queriendo emular las prácticas de la Revolución de Octubre de 1934. Cuando las izquierdas fueron a la Huelga General porque habían perdido las elecciones 1933, y, sincrónicamente, los separatistas de Lluis Companys se levantaron contra la República y proclamaron el Estado Catalán. Aquello echó a rodar la bola que trajo la revancha levógira de las izquierdas con las anticipadas urnas en febrero de 1935, seguidas de la quema de las iglesias y la generalizada violencia callejera en las poblaciones, el asesinato por fuerzas del orden del jefe de la oposición monárquica, José Calvo Sotelo, detonante el alzamiento militar del 17 de Julio de 1936, la Guerra Civil y, consecuentemente, la suspensión poco menos que semisecular de la libertad política de los españoles.

Libertad a cuya restauración y regreso contribuyó decisivamente Adolfo Suárez como cooperador necesario del Rey y el expreso asentimiento de los españoles en dos referéndums, el de la Ley para la Reforma Política, el de la Constitución y el de las primeras Elecciones Generales después de febrero de l935. La violenta manipulación del pasado viernes por parte de la extrema izquierda, por el eje de la Castellana, con su metástasis de borroka mientras Adolfo Suárez estaba en sus horas postreras, ha sido como un regüeldo de la barbarie antidemocrática causante de la Guerra Civil.