El hombre necesario

Posiblemente no hubiera para el menester que le fue encomendado a Adolfo Suárez otro espécimen en la fauna política española de aquella circunstancia; ni tampoco con los mínimos biográficos precisos en ese momento inicial del postfranquismo. El petardazo político que significó poco antes la gestión de Carlos Arias Navarro al frente del Gobierno español, tras la muerte de Carrero en diciembre de 1973, fue un compás en el que se afloró la evidencia después, a la muerte de Franco, de que el Régimen del 18 de Julio era ya pasado irreversible. El poder se abría a las instituciones como Jesús Fueyo predijera. Éstas eran el cauce para el cambio político.

Desde el pasado histórico que se alejaba, un hombre de ese tiempo, Torcuato Fernández Miranda -al que correspondía representarlo-, dijo respecto del cambio que sobrevenía que a la ley nueva había que ir desde la precedente, sin solución de continuidad. Sin saltos que abrieran ventanas al vacío. Sin ruptura.

El instrumento jurídico para el cambio de régimen habría de hacerse , consecuentemente, por vía de una norma específica que fuera la “Ley para la Reforma Política”. En otras palabras, la base para un consenso que sirviera a la idea de evolución sin discontinuidades. La izquierda se opuso a esa ley para la reforma. Pero sometido ese disenso al veredicto de la voluntad nacional, se siguió adelante conforme la hipótesis de trabajo de quienes políticamente procedían del franquismo, o estaban más cerca de éstos que de las izquierdas antifranquistas. Pues hubo otras asistémicas, fragmentarias, y grupos liberales, operantes dentro del franquismo, que previa y sostenidamente abogaron por la apertura de éste a través del asociacionismo político.

Tales eran los hilos que había en el telar de España al emprenderse la Transición, y Adolfo Suárez, el nombre designado para ello a través de los filtros institucionales establecidos en la ley de partida para la instrumentación del cambio. Pero como las realidades eran las que eran y –lógicamente- nunca las que más hubieran convenido; como en todo el orden de cosas disponibles, los materiales, las personas y las circunstancias eran de estricto aluvión, también lo fue el propio Adolfo Suárez.

Aquel inicio de la Transición fue en principio para todos, y especialmente en quien se acaba de morir, un reto para el instinto. Entendido éste como capacidad para desenvolverse y orientarse. Lo que es necesario aunque no resulta suficiente. Siendo no menos cierto también que la deslealtad entre colaboradores y asociados no resulta suceso infrecuente; lo mismo que la lealtad construida desde la ciencia y la inteligencia, como fue la aportada por nuestro común amigo Eduardo Navarro Álvarez.

De especial oportunidad resulta recordar en estas horas, entre los muchos logros habidos en la gestión presidencial de Adolfo Suárez, junto a los Pactos de la Moncloa, el rescate de Josep Tarradellas para la normalización y modernización del catalanismo. Y entre los errores en su labor, la fuga de las Autonomías hacia un federalismo disociante en la perversión nacionalista, potenciado y multiplicado por la transferencia competencial en la Enseñanza. Y si es de señalar, durante el gobierno de Adolfo Suárez, el hecho de una renacionalización de la izquierda al aire de los consensos sobre los que construyó la Constitución, también debe repararse en el hecho de que el error de transferir a las Autonomías las competencias sobre la Enseñanza ha traído un temible efecto multiplicador en el ascenso electoral del nacionalismo separatista y en el cuarteamiento del sentimiento colectivo de unidad nacional.

Reunía Adolfo Suárez las condiciones personales necesarias de entrega y atractivo personal para la tarea que se le encomendó. Pero en su circunstancia nacional, pese a que la España de entonces tuviera unas clases medias sin las que la Transición no hubiera sido posible, no mediaron las condiciones suficientes para que no tuviera que dimitir, especialmente por causa del terrorismo separatista que ha hecho el sucio trabajo de sangre para abrir el camino al nacionalismo de cuello blanco.