Reto a la racionalidad energética europea

Mucho de lo que subyace en el fondo del debate del Consejo Europeo, abierto ayer en Bruselas con una agenda de trabajo desdoblada – acuerdo sobre las sanciones a Rusia por la anexión de Crimea, al que se dedicará la primera jornada, y otro sobre la ayuda a Ucrania, emplazado para hoy – gira y bascula sobre un único asunto: el riesgo político, traducido en inicial dependencia energética de Rusia. Por más que el camino de esta primavera acabe de abrirse, y la esgrima con la llave del gasoducto tenga ahora sombra menos siniestra que si fuera el del invierno el camino que comenzara, el temor más inesquivable es el que resulta, para toda estación del año, del déficit de autonomía energética por parte de la Europa central, principalmente en aquellas de sus naciones con pocos o con ningún puerto al que puedan llegar barcos con gas licuado, que sustituya el aportado desde el este por los gasoductos rusos.

El peso de tales limitaciones en la disponibilidad de esta fuente primaria de energía, por depender de los suministros rusos, se hace especialmente patente en el caso de Alemania, pillada a contrapié por la crisis de Crimea luego de haber decidido cancelar, en escalonados plazos, la totalidad de sus 18 centrales nucleares. Desde ello, tal como comentaba estos días, la canciller Merkel anticipaba, a propósito de las sanciones debatidas ayer en el Consejo Europeo, que respecto del G-8, no cabía decir todavía que éste ya no era tal – sino G-7- por la expulsión de Rusia, puesto que la amortización de la plaza de Putin era poco menos que una hipótesis a considerar y que, por lo mismo, debiera entenderse que sólo había convenido, como represalia, un aplazamiento de la próxima reunión en la sede rusa de los Juegos de Invierno.

Pero más allá del problema energético alemán, y de su eventual marcha atrás en lo decidido sobre sus centrales nucleares, está la cuestión de las interconexiones energéticas de la Unión Europea. Una materia en que, prácticamente, está todo por hacer, y en la que España podría disponer de enormes oportunidades “funcionales” en el orden de los enlaces marítimos europeos con los países y regiones geográficas que, alternativamente al casi monopolio ruso en los suministros de gas, son grandes exportadoras de este hidrocarburo. Mucho es lo que cabría esperar para los intereses españoles ante la presente tesitura, especialmente en lo que concierne a la interconexión energética con Francia.

Abordado este tema con la suficiente amplitud de miras por nuestros vecinos traspirenaicos, significaría ello una justa puesta en valor de nuestros activos geocomómicos por los miles de kilómetros de costa que nos son propios, por nuestra red portuaria y por nuestra capacidad instalada ya para instrumentar el montante de las reservas energéticas que precisa Europa en este nuevo escenario epocal abierto con la crisis de Ucrania. Algo cuyo principio de solución debe abrirse hoy, como otra primavera, con el acuerdo por el que Ucrania se asocia con la Unión Europea. Algo también que no debiera llevar como consecuencia necesaria su aterrizaje en la OTAN. Espacio donde habitan, por ejemplo, tibiezas europeistas como las británicas – para todo en general y puntualmente sobre Gibraltar – , y subordinantes desentendimientos de fondo como los norteamericanos.

En discurso distinto de Obama, paralelo al Consejo Europeo, Washington precisa sanciones económicas al entorno político y empresarial al entorno de Putin. ¿Hasta dónde serán convergentes y coincidentes las puntadas de Washington y las de Bruselas?