La deserción de Alemania

Protocolizada la anexión/reabsorción de Crimea por Vladimir Putin, la canciller Merkel ha dado el primer paso atrás, dentro de la Unión Europea, en la réplica occidental con que se había amenazado al Kremlin desde el momento en que se había iniciado el proceso deglutorio de la península con la base naval de Sebastopol. Una pieza transferida por Kruschef a Ucrania hace 60 años, cuando la URSS había dejado atrás el puño de Stalin y permanecía como revuelto potaje de soberanías nacionales trasgredidas, libertades individuales abolidas y pueblos trasterrados. Como los tártaros llevados a la propia Crimea, donde no han votado – como anunciaron – por el retorno a las otras Rusias.

Por si había alguna duda sobre la hermenéutica en torno a la no celebración de la Conferencia del G-8 en la que Putin era anfitrión, pese al consenso general de que ello significaba de ahí en adelante el apartamiento ruso de ese foro internacional y el portazo a su entrada en la OCDE, la jefa del Gobierno alemán se ha apresurado a decir que lo correcto era entender que se trataba sólo de un aplazamiento: no la exclusión de la Federación Rusa.

Que existan motivos que expliquen la deserción germánica no supone que existan razones que la justifiquen. Ese no asamos y ya pringamos del Gobierno de Berlín en la réplica a la “legión del KGB”, trae su causa, con toda probabilidad, de su dependencia energética del gas ruso, en cuya gestión aparece munificientemente empotrado el predecesor de Merkel en el Gobierno de su patria, el socialdemócrata Gerhard Schröder.

La explicación de la marcha atrás merkeliana se apoya muy razonablemente en el hecho de la muy dura rectificación que supondría dar la vuelta, echándola a la papelera, a la decisión de cerrar las 17 centrales nucleares de que dispone Alemania. Prescindir de ese parque, en el actual contexto de tensión geopolítica con Rusia, sería tanto como atarse de pies y manos en la cuestión esencial de las disponibilidades energéticas precisadas por la primera economía europea. Tan primera como que la suya se resuelve prácticamente en función locomotora del conjunto industrial de la UE.

Pero hay más. No sería ociosa la “digresión” sobre la hipótesis de que la sombra del excanciller Schröder hubiera alentado desde los entornos de “Gazprom” la iniciativa de Merkel de enterrar la energía de fisión, al aire del clima creado por la catástrofe geológica expresada como sacudida sísmica por encima de los nueve grados en la escala de Richter. Lo que se llevó, con su correspondiente tsunami, la central nuclear de Fukushima y todo cuanto se puso por delante, incluyendo la vida de 20.000 personas. Pero no es menor el “riesgo geológico” del gas ruso, dependiente como es de la tectónica de placas, del potencial de conflicto geopolítico con Occidente, que representa la instalación en el Gobierno del Kremlin de la “Legión KGB”: nutriente y coraza profesional del poder y la política autocrática del caudillaje putiniano.

Nunca fue más expresa que en estas horas de Eurasia, la dialéctica libertades/ energía, en tanto que conformadora de pautas y comportamientos políticos, como el de la canciller Merkel cuando amaga deserción. Ahora es la no guerra por Crimea como conflicto del gas ruso, igual que en 1973 fue la del Ramadán aquella que trajo la guerra del petróleo árabe y llevó a la Agencia Internacional de la Energía (AIEA) a la promoción de la energía nuclear para romper la dependencia del petróleo. Merkel, insisto, tendrá motivos para desertar a la primera de la resistencia europea frente a Putin, pero, a todas luces, carece de razones suficientes para enajenar ese liderazgo europeo que se atribuye Alemania.