El otro oro de Moscú

Puede que nada pueda concluirse correctamente sin reparar en una premisa: la de la enorme traición de Yanukóvich, el presidente defenestrado por el pueblo de Ucrania al cabo de las manifestaciones de protesta, en las que manifestantes y policías fueron asesinados frente al Parlamento de Kiev por francotiradores; posiblemente llevados hasta allí por la conspiración pro-rusa. La receta de la trama incluía la muerte de agentes del orden para legitimar la represión armada contra los manifestantes. Yanukóvich y sus secuaces en la trama contra la basculación de Ucrania hacia Occidente fueron enriquecidos desde Moscú en términos cuya magnitud pudo avizorarse tras de la expulsión popular del oligarca y sus secuaces.

El aborto del acuerdo de asociación de Ucrania con la Unión Europea que habría de haberse firmado en la Cumbre de Vilna, fue tanto como el pistoletazo de salida para el enfrentamiento a cara descubierta del entonces Gobierno de Kiev con la voluntad popular de la apuesta por Occidente. De un punto, la entrada en la UE; de otro, el ingreso en la Alianza Atlántica. Contra una cosa y en consecuencia contra la otra, la conspiración de Yanukóvich con Putin siguió adelante, de forma acelerada luego del petardazo de Vilna.

Y conforme se ha podido saber ahora, la defensa militar de Ucrania hacia el Este fue desmantelada paso a paso. Todo se hizo bajo cuerda, apantallado con el nuevo contrato del gas y, especialmente, mediante el acuerdo para la renovación del alquiler de la base naval de Sebastopol. Con una cosa y con la otra, la Operación Crimea estaba preparada, servida y más que montada.

La rebelión popular, tan profunda y profusamente legitimada, sólo pudo conseguir la modificación superficial del ritmo de la traición del Gobierno pro-ruso del Partido de las Regiones. Pero la entrega de Crimea ya estaba asegurada cuando Yanukóvich reapareció, tras de huir de Kiev, bajo la protección del Gobierno ruso y reclamando que el poder le fuera devuelto. Estaba asegurada la entrega como se evidenció que Ucrania no tenía capacidad alguna de reaccionar ante la fantasmal ocupación del territorio por efectivos militares rusos sin distintivos de graduación o de referencia a las unidades a que pertenecían.

Cuando llegó el momento del jaque mate la cosa ya no tenía vuelta de hoja. Sobre el tablero del ajedrez la estrategia pro-rusa se había mostrado, más que impecable, enormemente tramposa. Amasada, de cabo a rabo, con la traición de Yanukóvich. Que dejó el campo expedito para que la consulta de autodeterminación de Crimea se pudiera celebrar sin que desde Ucrania hubiera recursos de disuasión militar ni Tampoco respuesta alguna, aunque fuera simplemente simbólica.

En cierto modo, con Ucrania se ha venido a llegar a desenlaces sólo parcialmente semejantes al de Georgia, donde sí hubo también trapicheo de identidades con el previo reparto de pasaportes rusos entre las gentes de Abjasia, pero dónde, al cabo, fue la apisonadora militar rusa lo que aplastó la protesta y el sueño atlántico de los georgianos. Principió Putin entonces, para asegurar el paso de sus hidrocarburos por el Cáucaso, lo que ahora ha seguido en Crimea y sobre Ucrania para llevar su gas a donde esas repúblicas ex soviéticas querían buscar su destino.

Entre las respuestas sin cañones a la fuerza con que la Federación Rusa avanza, podría responderse desde la UE con una estrategia de sustitución de fuentes energéticas siguiendo el ejemplo de Francia; es decir, con la energía de fisión mientras se alcanza la de fusión. Las armas con la burocracia contra la libertad de movimientos y de capitales de las putinianas élites responsables de los abusos y las amenazas, necesarias serán aunque también clamorosamente insuficientes.