Occidente quita gas a la tensión de Crimea

Si no fuera Crimea la espoleta de Ucrania, por algo más que contener la más importante base naval rusa en las aguas calientes sobre las que apostó Pedro el Grande, puesto que esa península del Mar Negro es un cóctel étnico de graves potencialidades en estas horas críticas de Ucrania; si no tuviera Vladimir Putin, el presidente de la Federación Rusa tanto hielo báltico en el gélido azul de su mirada, las palabras que dijo el miércoles sobre el estado de revista en que había puesto a las FF.AA. rusas desplegadas a poniente y por el centro del mundo ruso, no se habría montado la sabida carajera en todo lo que fue el otro escenario de la Guerra Fría desplegada en el arranque de la segunda postguerra mundial.

Tanto desde la OTAN como desde los propios gobernantes estadounidense, se han lanzado mensajes poco menos que masivos hacia el otro el otro lado del Este europeo – especialmente por el espacio que cubren 150.000 soldados rusos junto a la frontera de Ucrania -, menos en demanda de serenidad y de aplomo, que en solicitud de cuidado para que los mensajes emitidos no generen confusión sobre los propósitos y las inquietudes de cada cual en estos días de allí, hechos de cambio y de tensión, entre Kiev el territorio autónomo de Crimea. Cedido por la URSS de Kruschef al mundo enteramente ucranio, luego de que Stalin lo hubiera sometido también, como a otros tantos territorios del universo soviético, a sus experimentos genocidas con pueblos y razas.

Si no fuera, insisto, Crimea la pieza crítica por todas las dichas razones del conjunto nacional ucranio ni tampoco se hubiera operado el cambio de régimen en éste de la forma en que lo ha hecho y desde los precedentes que han venido a desencadenarlo todo, Vladimir Putin podría haber hablado de la forma en que lo ha hecho. Pero ha optado por mentar la soga en la casa del ahorcado y no ha habido más que remedio que los responsables de las respectivas carteras de Asuntos Exteriores y Defensa en Washington y Moscú, vayan a encontrarse en las próximas horas, si es que no lo están ya, pegados al teléfono para ver de qué manera y en el menor tiempo posible se baja la temperatura de la caldera político-militar en el espacio centro-oriental del Continente europeo.

Objetivamente y como materia de conflicto, Ucrania cabe considerarla, geopolíticamente, como un problema de sólo tipo medio, no susceptible de motivar aspiraciones imposibles causantes de problemas insolubles. Sobre el encerado parece esbozarse un posible escenario de negociación, un desafío para el pacto necesario entre el mundo euro-atlántico y el universo ruso-asiático. Y de lo mismo que en política cunden las transiciones temporales, de mayor o menos ambición histórica, también cabe buscar, transiciones, encadenamientos en los espacios a través de las secuencias geopolíticas que sea menester. Es ese un, quizás, un cuadro internacional que espera y en el que pueden encontrar respuesta y satisfacción las aspiraciones de la mayoría ucrania y las minorías étnicas que cohabitaban en paz, al menos hasta ahora, en la península de Crimea. Tarea urgente es desactivar la espoleta.