Alerta militar en el poniente ruso

Es el dato del día de más relevante significación, en el texto del cambio de régimen en Ucrania y en el contexto de la tensión que ello ha generado entre el Occidente Euroatlántico y el Oriente expresado en términos de Federación Rusa. Crimea, base de la Flota rusa del Mar Negro, desde su interno nacionalismo fraccionario, se prefigura como factor crítico en medio de tan inestable situación. Nacionalistas catalanes y vascos pueden estarse frotando las manos, a estas horas, desde el debate a establecer partiendo de la pregunta: ¿qué ha de prevalecer por allí a estas horas, la autodeterminación de su mayoría rusoparlante en esa región ucrania, o la mayoría nacional del Estado cuya capital es Kiev: escenario central de la crisis que ha derrotado al presidente Viktor Yanukóvich, singular personaje que en el curso de horas ha pasado de la Jefatura del Estado a la condición de fugado?

A veces, quizá no haya mejor medida de la importancia de lo que ocurre en el exterior de unas naciones, que sus virtuales reflejos sobre lo que se debate en el interior de otras. Especialmente si los sucesos exteriores suscitan paralelos o semejanzas con debates pulsantes en las patrias de quienes miran y se deslizan a sus propias conclusiones.

Alguna proporción ya guarda la revisión de despacho ordenada por Vladimir Putin en la mañana de ayer con el peso sistémico que representa la cuestión de Crimea. Asunto que va mucho más allá del propio hecho de que en Sebastopol se encuentre basada la flota rusa del Mar Negro y de que Yalta, una de sus ciudades balnearias, fuera, históricamente, la sede de la conferencia en la que los dirigentes de la Alianza contra el III Reich decidieron la cartografía política europea de la postguerra. La Historia gusta reiterar sus movimientos y vaivenes por los mismos lugares e idénticos senderos.

La cuestión de Ucrania podría ser capaz, en sus alcances estructurales, de explicar la razón por la que Vladimir Putin demorase durante bastantes horas reacción y respuesta suficiente desde el punto y hora en que Yakunóvich fue descabalgado, desde la legitimidad nacional de la calle, al cabo de las sucesivas semanas de atrincherada protesta entre la nieve contra los desmanes institucionales, políticos y patrimoniales de la casta pilotada por el Kremlin.

Una vez pasado el toro se llega a entender el que la rápida respuesta en palabras que se esperaba mirando al Kremlin, había sido sustituida por la más sustantiva de averiguar cuál era el nivel de operatividad de los propios efectivos y cuadros militares, dentro de la cartografía occidental del enorme espacio ruso. Putin no es político de invernadero criado en “apacibles” burocracias urbanas, sino forjado en la escuela del KGB, donde la información es instrumento de poder y discurso de combate.

La réplica por parte occidental al movimiento burocrático-militar de Putin, respecto de los riesgos geopolíticos generados por el cambio de régimen en Ucrania, parece lógico que espere lo suyo. Y que lo haga por dos razones: sería una el hecho mismo de la tutela occidentalmente dispensada para corregir el desfalco político realizado por Yanukóvich ante la Cumbre de Vilna, y podría ser la otra que la respuesta occidental no resulta en cualquier caso de un poder de carácter más monolítico que sólo unitario, sino de instancias nacionales compartidas y de criterios institucionales agregados.

En cualquier caso, los puntos anotados como de posible preferente interés, habrán de girar en torno a lo que decida en la tarde de este miércoles el Parlamento autónomo de Crimea. Donde la minoría tártara, injertada allí por Stalin (cuyo fantasma permanece oculto tras del espectro de Hitler, al hacer con los hombres y con peor intención lo mismo que Paulov hacía con los perros), es de manifiesta vocación ucrania. Algo de fácil comprensión por su traumatizada alma de trasterrados.