Rusia objeta el cambio ucraniano

No podía ser de otra manera. Ni la reacción rusa, que ha retirado su embajador en Kiev y reprocha a los occidentales “cálculos geopolíticos unilaterales”, ni tampoco la movilización atlántica para la acogida al nuevo poder ucranio, que en términos prácticos se dispone a restablecer respecto de la Unión Europea el puente que dinamitó el depuesto presidente Yanukóvich en el marco de la Cumbre europea de Vilna, al declarar papel mojado el negociado Acuerdo para la asociación con la UE y, de seguido, suscribir a todo gas el abrazo del oso ruso…, nada de todo eso podía ser de otra manera.

Del mismo modo, puede no ser evitable en términos de mal menor que se convierta en realidad políticamente operante el espectro de la Guerra Fría que en estos momentos preside, por causa de Ucrania, las relaciones entre los dos espacios; de una parte, por la reiteración de los tres viajes consecutivos a Kiev de la responsable de la UE para la política exterior, Catherine Ashton; y de otra, la declaración de Medvédev, el jefe del Gobierno ruso, sobre los dichos “cálculos geopolíticos unilaterales; expresión que cabe interpretar o entender tanto como oferta o como exigencia de que ese “cálculo geopolítico” sea como concierto de piano a cuatro manos y no un solo de violín tocado por la OTAN.

Cabría pensar que la referencia para el Moscú de ahora sería poco menos que una nueva Conferencia de Yalta, a celebrar quizás en Sebastopol, para pactar con Putin – como entonces se hizo con Stalin – sobre el futuro de Ucrania igual que en la ocasión aquella se convino sobre el destino de la Europa Centro-Oriental.

Algo hay que podría esgrimirse o aportarse como moneda de cambio y de común interés para unos y otros: el preservar la unidad de los ucranios a toda costa, para evitar discordias que podrían rematar en guerra civil y, al mismo tiempo, propiciar un concierto Oeste-Este que fuera, más allá del Cantábrico al Mar Negro y de Bretaña a los Urales; también, desde Escandinavia y Finlandia hasta Vladivostok. Y no sólo por el gusto de acumular husos horarios, geografías inacabables, dentro de una empresa común de todas las Europas ante la Centuria del Pacífico en que parece configurarse desde su arranque este Siglo XXI.

Antídoto de sueños de ese porte sería la tentación putiniana sobre Ucrania como lo fue la tentación soviética, brutalmente eclosionada en 1968, con la invasión de Checoslovaquia por los tanques de Breznef y la subsiguiente acuñación moscovita de entonces de la Doctrina de la Soberanía Limitada para todas las naciones del Este Europeo concernidas por los pactos de Yalta.

En su agitada historia postsoviética Ucrania es referencia europea de alta combustión y que por ello merece y explica la solícita reacción de Bruselas, la discreta satisfacción de Washington y la desencantada reacción de Moscú. Que, por lo dicho y oído, parece pedir un pacto, no se sabe bien si sobre ella o para ella.