Ucrania: la calle, en la deslegitimación política

Mientras se desvela el paradero del depuesto Yucanovich, ya expresidente de Ucrania por parecer candidato de Rusia a la conducción de su país desde la polar del Kremlin; teniendo en cuenta las circunstancias en que ha sobrevenido su caída, con un centenar de muertes en el que debe incluirse la de 13 servidores del orden público, y en tanto se desvelan pormenores quizá más relevantes aun que los muchos conocidos – algunos tan graves como la subasta que hizo, entre Bruselas y Moscú, de la adhesión de su país al conglomerado supranacional de la Unión Europea, o la aglutinación en paralelo de Bielorrusia y Kazajastán en torno a la Federación Rusa-, resultará lo normal, de ahora en adelante, poner en cuestión si la calle es o deja de ser fuente de legitimidad y, de modo subsiguiente, origen inmediato de legalidades nuevas. Hontanar y fuente de un proceso constituyente que, al cabo, desemboque en una nueva arquitectura jurídica y en sistema político distinto.

Parece que sí, en tanto que eso está ya más que a la vista. La Constitución de 2010, de corte más que presidencialista, está ya derogada desde el Gobierno provisional, surgido de la calle con la sabida efusión de sangre y quiebra del poder, que apuesta por la derogación de esa Carta y la reposición de aquella otra, de corte parlamentario, que Yanukóvich derogó para hacerse en su lugar una armadura de poderes especiales, suficientes y acordes con sus ambiciones promiscuas, de poder político y lucro personal. Como las cursantes en Bielorrusia y Kazajastán, además, muy posiblemente de las propias de la figura que aglutina ese conjunto al que gravitaba el depuesto presidente ucranio.

De momento, la única sombra que se proyecta sobre el poder surgido o impuesto desde la calle es, además de las elecciones parlamentarias convocadas y Par el mes de mayo, la de la pregunta de cómo se vendrá a integrar – si es que lo hace de alguna manera – el espacio ucranio del Este y del Sur – de gravitación nítidamente pro-rusa en términos lingüísticos, culturales en general (incluido ahí lo religioso) y políticos. La interrogante, tal como se advierte, lo que hace es reflejar la condición poco menos que plurinacional que corresponde a Ucrania, resultante en cierta manera – como en la vecina Polonia – de la presión, conformadora o distorsionante, del dato rígido y estable de la Geografía y del flujo cambiante de la Historia.

También puede resultar de la mayor oportunidad el análisis – en términos que cabría considerar introspectivos – para los conjuntos nacionales parangonables en términos de diversidad interna con los propios del ucranio. Son supuestos de inestabilidad probadamente susceptibles de ser utilizados instrumentalmente, como lo han sido ahora en Kiev y otras partes de Ucrania, con movilizaciones sociales contra el poder si éstas alcanzan cotas y niveles de significación crítica, por la eficiencia movilizadora de los promotores de la protesta, dada la gravedad y peso de las razones de la manifestación, o por ambas cosas a la vez.

Se trata de hipótesis y probabilidades que no nos son suficientemente ajenas. La legitimidad democrática es, históricamente probado, un recurrido pretexto para cuestionar o para voltear – si resulta hacedero – la legalidad establecida. Son ocasiones en las que la calle se utiliza como instrumento y liturgia de deslegitimación de la legalidad establecida.