Ucrania: más que prólogo, guerra civil parece

Tanto por el balance de víctimas – más de 100 muertos y 500 heridos -, por lo cuantitativo, como por lo cualitativo de los recursos aplicados por las partes – armas de combate militar que incluyen proyectiles anticarro y fusiles Kalasnikof, y la toma de 67 rehenes policiales – cabe entender que la consideración de los sucesos de Kiev, como puerta y prólogo de una guerra civil en Ucrania, han evolucionado en cuestión de horas, desde las ocho de la mañana de este jueves en que se volvió a romper la tregua, hacia el comienzo efectivo – aunque todavía reversible – de una guerra civil por causa de su disputa sobre el destino nacional a corto plazo de los ucranios.

La subida del nivel de las aguas en esa nación europea con el alma y la población partidos en dos, se dimensiona a su vez por el porte de los recursos políticos y diplomáticos desplegados desde el bando euro-atlántico – con la mediación en Kiev de los ministros de Asuntos Exteriores de Alemania, Francia y Polonia, además de la conminación de la Casa Blanca para que se opere “inmediatamente” la retirada de las fuerzas de seguridad del escenario de confrontación -, y desde el bando opuesto, la réplica hecha desde Bagdad por parte de Serguei Lavrov, ministro ruso de Asuntos Exteriores, imputando a los occidentales la responsabilidad por todo a cuanto se ha llegado en Ucrania, que no sólo en Kiev; a lo que se añade la petición del presidente Yakunóvich al presidente Putin de que enviara un mediador al escenario de los acontecimientos, a lo que el presidente de la Federación rusa ha respondido habilitando para tal menester al Defensor del Pueblo Ruso.

Dos son por tanto las vías por las que discurre la dramática realidad ucrania: la de los balances inventariales arrojados por los combates en las calles de Kiev – especialmente en el área de la Plaza de la Libertad, en cuyo contexto urbano se han advertido actuaciones de francotiradores contra los manifestantes, a la manera de cómo lo hacían en Stanlingrado tiradores de élite contra los soldados alemanes durante la Segunda Guerra Mundial – y la vía política y diplomática, con énfasis pariguales a la hora de imputar responsabilidades por el nivel al que han llegado las aguas y la sangre.

Pocas veces se da un grado de simultaneidad tan expreso y completo entre el discurso de las palabras y el de los hechos a los que las palabras se refieren. Y en este sentido parece sintomático que a la conminación de la Casa Blanca, implícitamente dirigido al Gobierno ucranio, para que se reduzcan la presión del Gobierno contra los manifestantes (una fuerza que parece desligada ya de quienes fueran sus promotores), no se ha respondido desde la presidencia de Putin, en Moscú, sino desde Bagdad donde se encontraba, por Serguei Lavrov, el ministro ruso de Asuntos Exteriores.

Algo más que una cuestión de simple matiz es la de precisar si en el tablero ucranio se está ventilando una partida entre los grandes mediante combatientes interpuestos, o se está echando un pulso genuino entre ucranios de una y otra vocación, la euroatlántica y la euroasiática. Tan verdad puede ser en términos generales una cosa como la otra, pues ambas comparecen mezcladas. La cuestión estriba en saber en qué proporción mayor están implicados unos u otros patrones. La partida entre éstos, cuando en Ucrania la guerra civil despunta, es menos a estas horas de ajedrez que de póker.