Ni Ucrania ni Venezuela

Todo evoluciona a peor por Kiev y por Caracas. Suben provisionalmente a 26 las muertes habidas en este último capítulo de la crisis, y se aproximan a 300 los heridos, en la jornada del martes. Y ascendían a un millón de participantes los ayer congregados en Caracas para arropar a Leopoldo López, un dirigente opositor y cargo electo en las últimas urnas venezolanas, en el momento de su entrega voluntaria a la autoridad gubernativa, que le atribuye no sólo las movilizaciones de protesta sino también la muerte de tres de los participantes.

Un escenario y otro acogen la expresión de dos exigencias totales contra las respectivas legitimaciones formales de que se encuentran investidos los Gobiernos de ambos países. Los ucranios demandan urnas que permitan desmontar con sus resultados los términos a que se ha llegado en la actual situación, centrada en el debate de la apuesta nacional, si por la Unión Europea, o por enrolarse en la alternativa rusa, con Bielorrusia y Kazajastán.

Sobre el problema de Ucrania y los graves sucesos del martes debatían ayer en París el presidente Hollande, la canciller Merkel y Durao Barroso, el presidente de la Comisión Europea; mientras tanto en Bruselas, la señora Ashton, responsable de la Unión Europea para la Política Exterior, se reunía con los embajadores de los 28 Estados miembros de la Unión en torno a ese mismo orden temático.

La cuestión de Ucrania, cuyas implicaciones continentales la constituyen en tema de interés preferente para la Unión Europea y también para Estados Unidos, aunque con otros ángulos de visión, desde razones que aunque se expresan en ensangrentada actualidad, arrancan del pasado de la política continental antes, durante y después del enorme hecho de la URSS. Y no sólo con respecto a su bilateralidad con lo ruso sino también en dinámica de fronteras con Polonia. Además, su proyección no es únicamente retrospectiva, puesto que alumbra – o ensombrece – los márgenes existentes para una geopolítica de nuevo diseño cuya referencia de base encuentra su dimensión en los ocho husos horarios de la Federación rusa. Todo abunda en subrayar los alcances continentales de los sucesos de Kiev, del cual el más trivial de todos ha sido el desplazamiento a Nicosia del encuentro de futbol que debe celebrarse hoy, dentro de los torneos europeos, entre el Dynamo de Kiev y el Valencia.

También, aunque de forma obviamente distinta está afectado de “cotinentalidad” el actual curso convulso de la política nacional venezolana, nutrida desde la crisis plural del país nutrida por el hundimiento de los indicadores económicos, de entre los cuales destaca el rango estratosféricos de la inflación y el nivel de los desabastecimientos de productos básicos, junto con la quiebra de los mínimos que definen la seguridad ciudadana en un país. Se trata de magnitudes entre las que se abre paso el descontento social hace aflorar manifestaciones de protesta de dimensión sostenidamente creciente.

Pero, claro está, la profunda desestabilización venezolana tiene sus correspondientes efectos regionales, especialmente en lo que se refiere a las relaciones de Caracas con La Habana, de importancia crítica para uno y otro país, tanto en lo político, por su comunión en un mismo horizonte socialista, como en lo económico, por la dependencia cubana de los 250.000 barriles de petróleo que diariamente le aporta la Venezuela bolivariana.