Borrascas ciclogénicas por Kiev y por Caracas

Con una diferencia aproximada de 12 horas coinciden en fecha la recrecida manifestación en la capital de Ucrania  – que regresa tras del paréntesis de pocos días signados sobre las concesiones recíprocas entre gobernantes y gobernados -, y la anunciada gran concentración opositora en la capital de Venezuela – que llega precedida de la persecución policial de figuras de la Oposición que han actuado durante las últimas jornadas como catalizadores de la protesta contra el sistema comunistizante de gobierno por vía de decreto ley -. Sin paralelismo temático formal entre ambos fenómenos de movilización social contra el respectivo discurso de los poderes gobernantes, Caracas y Kiev aparecen constituidos en escenarios de más alta estridencia política y rango de conflicto dentro de la jornada internacional.

Algo en común, que ciertamente no es poca cosa, se sitúa en el repudio social del respectivo discurso gobernante. Por lo demás, tampoco es baladí el compartido vínculo entre ambos problemas que representó en su día la venta de 80.000 fusiles de asalto rusos al régimen del fallecido Hugo Chávez: prolongado en el tiempo, a voluntad suya, con la presidencia de Nicolás Maduro. Asignados los fusiles al equipamiento armado de las milicias chavistas: concebidas, a imagen y semejanza de los Guardias de la Revolución Islámica iraníes, para actuar como algo más que simple guardia de la porra, al margen de los cuadros policiales, en defensa del “orden revolucionario” en que pretende cristalizar y subsistir la llamada Revolución Bolivariana.

Pues bien, esa Rusia putiniana que equipó militarmente a la Venezuela de Chávez, es el mismo factor de fondo que genera la explosiva Ciclogénesis política en Ucrania contra el sistema presidencialista de Yanukovich, que mucho antes de abortar el acuerdo de Asociación de Ucrania con la Unión Europea, en 2004 cambió el sistema parlamentario del Estado para establecer, en 2010, otro que le permitiera, desde la jefatura del mismo, un margen de maniobra más amplio que el correspondiente a un modelo constitucional dotado de más filtros y mayores frenos. O sea, el que necesitaba para hacer lo que hizo en la Cumbre europea de Vilna, volcando la balanza del lado de los ucranios pro-rusos y dejando con un palmo de narices a los seguidores de la “revolución naranja”, que quisieron enrolar a su Estado en el destino político del Occidente Europeo.

En el ajedrez global de las grandes potencias, la Rusia de Putin de la misma manera que apostó por el componente nacionalista de la aventura de Hugo Chávez, que era algo más que simple arena en los cojinetes de la política norteamericana en América del Sur, vino a torpedear después, con la tenaza económica del gas, el proyecto de Kiev de montarse en el tren que tenía la Unión Europea como destino.

Al fondo de estas dos borrascas de ahora, en Ucrania y en Venezuela, alienta un mismo factor de clima histórico. El del proyecto nacionalista del Kremlin post-comunista, conducido por el putinismo de rescatar y en lo posible ampliar en América las muy congruas ventajas obtenidas por Stalin en Europa durante la Conferencia de Yalta.