Vuelve Egipto al ajedrez ruso-americano

El movimiento de alfiles sobre las inmediatas urnas presidenciales egipcias, hecho en Moscú por Vladimir Putin al recibir al mariscal Abdelfatt Al Sisi, ministro de Asuntos Exteriores en el actual Gobierno provisional de El Cairo establecido tras del golpe de Estado del 3 de Julio del año pasado, y desde la fundada presunción de que Al Sisi concurrirá como candidato a la presidencia, es un gesto que tiene calidades de paisaje político retrospectivo: perteneciente a la década de los años cincuenta del pasado siglo XX. Un tiempo donde rusos y norteamericanos lidiaron una muy serias partida diplomática, en el tablero el Próximo Oriente, sobre el entonces inmediato futuro Egipto.

La ganaron los rusos, luego de que Estados Unidos hubieron desmontado las posiciones adelantadas por sus aliados anglo-franceses y su patrocinado agente israelí. El régimen militar y nacionalista del presidente Nasser había nacionalizado el Canal de Suez, creando con ello una grave perturbación no sólo en términos jurídicos, al apropiarse de los derechos de quienes habían financiado en su día la construcción el Canal, sino también en términos de logística comercial y militar, por afectar sustancialmente a los flujos del petróleo del Golfo Pérsico hacia Europa y el Atlántico Norte.

De un manotazo político el general Eisenhower, entonces huésped de la Casa Blanca, hizo que en unas horas se replegaran a sus bases de partida las fuerzas franco-británicas e israelíes que habían tomado posiciones en el nordeste egipcio para “anular” lo practicado por aquella iniciativa naseriana, que daba así entrada a un ciclo político internacional en el que el “neutralismo” de potencias nacionales recién emancipadas con la última descolonización (la India de Nehru, la Indonesia de Sukarno, la Ghana de Nkruma, la Yugoslavia y el Egipto de Nasser…) establecía la dialéctica política de los No Alineados. Algo cuyo último sentido era la realidad global del enfrentamiento entre los dos grandes bloques dentro de la dinámica de la Guerra Fría.

Pues bien, aquella partida en Egipto la ganaron los rusos soviéticos porque la ventaja obtenida inicialmente por los norteamericanos ardió con el brillo de una bengala pero se extinguió de seguido al negarse Washington a financiar la gran presa de Assuán sobre el Nilo. Pero no Moscú, a cuyas expensas se construyó el gran embalse, tomando entonces una posición en el Oriente Próximo de la que había carecido hasta entonces. Assuán resultó así el paradigma de lo que cabía obtener internacionalmente a quienes se apuntaban a ese sindicalismo diplomático en qué consistía el movimiento de los No Alineados.

De ahí que convenga recordar aquello cuando la relación ruso-americana parece emitir señales de una especie de regreso a otra “guerra fría” desde el claro nacionalismo que alienta desde Rusia el discurso del putinismo. Especialmente cuando se ha entibiado la sintonía entre Washington y El Cairo a partir del momento del derrocamiento militar del presidente Mursi por la deriva de éste hacia una reconversión islamista de la política nacional egipcia. La realidad es ésa, pero no está claro que Washington renuncie a la alianza tutelar de un Egipto seguramente presidido por el mariscal Abdelfatt al Sisi. Es garantía para el equilibrio de fuerzas en Oriente Medio, dónde subsiste la incógnita política y el riesgo militar que emana de la teocracia iraní. Hay movimientos de alfiles sobre el ajedrez de esa región que tienen menos de juego real que de fuegos de artificio a coste cero para un Putin tan anti-islamista como Obama.