Destrozada Siria, olvidado Iraq, bloqueada Ginebra

La guerra civil siria, cursante ya por más de tres años en términos plenarios, se desbordó hace ya un tiempo sobre el otro lado de la frontera con Iraq, haciéndolo principalmente por vía de las franquicias terroristas de Al Qaeda, que no estaban en el espacio mesopotámico antes de la invasión norteamericana de 2003 y que ahora, después de la guerra de Bush, cunden como un cáncer en desbocada metástasis a lo ancho del Estado iraquí, cuyo Primer ministro, el chií Nuri al Maliki, ha salido al paso de la decisión norteamericana, impulsada por los Estados petroleros del Golfo, de enviar armas a parte de los grupos rebeldes que combaten al régimen de Damasco.

Para el gobernante iraquí, sintónico políticamente con el Gobierno de Bachar al Asad por razón de su parentesco religioso en el chiísmo, y con la teocracia de la República Islámica de Irán por la misma regla de tres, aportar armamento a esos combatientes en Siria supone un riesgo inevitable de que pasen a manos de los yihadistas también combatientes contra el régimen de Damasco, y desde éstos, por la lógica de las fraternidades sectarias, a las franquicias de Al Qaeda que operan en Iraq contra el chiísmo allí gobernante desde que se celebran elecciones tras de la caída militar de la dictadura nacionalista de Sadam Husein.

No es momento ahora de detenerse, aunque sí de recordarlo, que el barrido militar desde el exterior de la cadena de dictaduras nacionalistas – que suplían y remedaban la función ordenadora del Estado, excluyendo por la fuerza toda acción política que no fuera la de ellas – vino a establecer una situación de hecho resuelta en imposible gobierno del conjunto de la población, puesto que la dinámica del sectarismo es la que impone su ley impidiendo esos mínimos de consenso sobre los que pivotan todos los sistemas democráticos.

Junto a esas condiciones objetivas que específicamente obstan a la gobernabilidad, se suman los factores geoestratégicos presentes en la región y que trascienden los problemas puntuales propios de cada caso, es decir, el iraquí y el sirio. La República Islámica de Irán – excluida de Ginebra II por el veto expreso de Estados Unidos, asistido por la oposición de los Gobiernos árabes del Golfo -, tal como se advierte, tiene, sin embargo, un interés coincidente con el estadounidense y sus aliados del Golfo en bloquear y destruir la polimórfica expresión del yihadismo de Al Qaeda.

Lleva ello forzosamente a la apreciación de que ese estatus de bloqueo en que se encuentra la lucha antiterrorista de todos los Gobiernos concernidos en el mismo empeño, no se podrá remover mientras la República Islámica de Irán no alcance niveles suficientes de relación con el mundo; necesariamente por vía del cumplimiento pleno de los alcanzados en la correspondiente Conferencia de Ginebra sobre el problema nuclear.

Entre tanto, sigue la destrucción de Siria con su cruentísima guerra civil, el olvido internacional poco menos que culpable del ni guerra ni paz en un Iraq martirizado por el yihadismo de Al Qaeda, y el bloqueo de la Conferencia de Ginebra II para conseguir que la paz se acerque a las puertas de Damasco.