Ciclogénesis nacional en el viejo continente

Desde la vieja consideración de que no hay problema susceptible de no empeorar, visto en que saco roto ha quedado la oferta de Yanukóvich de compartir el poder a las organizaciones opositoras que ocupan calles y sedes ministeriales en Kiev y organismos gubernamentales en las principales ciudades de Ucrania, la crisis global de autoridad en que ha venido a resultar el rechazo popular de la mayoría ucraniana al escamoteo presidencial en la Cumbre Europea de Vilna, alcanza escalas de riesgo resumibles en el diagnóstico de que es poco menos que imposible reconducir la situación a desenlaces negociados.

En este sentido se reduce casi a hecho trivial la amenaza de la titular de Justicia, Elena Lukash, de que se pueda declarar a instancias suyas el estado de excepción si los manifestantes no abandonan la sede de su Ministerio, ocupada desde este domingo por una de las agrupaciones, Causa Común, de cuantas operan, desde el principio de la revuelta ciudadana, en protesta contra el Gobierno y contra el Estado.

Si a Goethe en su tiempo le hubiera sido dado contemplar un panorama como el que ahora ofrece Ucrania en protesta contra el desfalco político cometido por el presidente Yanukóvich, no habría vuelto a decir aquello de “prefiero la injusticia al desorden, porque el desorden es la suprema injusticia”. El desfalco y la estafa a sus compatriotas perpetrado al suscribir en Moscú el cambio de la Asociación comercial con la Unión Europea por un acuerdo gasístico con la Federación Rusa, ha sido algo que en términos prácticos supone la defección del rumbo histórico ucraniano, invirtiendo al Este lo concebido políticamente como adhesión al Oeste: a Europa, como paradigma cultural y como forma de vida. De ahí que el desorden principal, la mayor injusticia, ha sido y es la violación presidencial de la voluntad mayoritaria y expresa de la Nación que debía representar en la Cumbre Europea de Vilna.

Desde premisas de ese porte, desde la traición a una voluntad de destino paladinamente expresada por la mayoría de los ucranianos, la evolución de la crisis en progresión geométrica de sus contenidos de tensión, la convierte en una tormenta que amenaza con hacer saltar por los aires no sólo la paz de Ucrania sino también las relaciones en paz entre Rusia y la Unión Europea. Lo razonable sería, como poco, que el próximo encuentro institucional entre la UE y la Federación Rusa, sirviera para endosar la demanda de las mayorías ucranianas volcadas en la calle de que se adelanten las elecciones, para que se vote un nuevo Gobierno y un nuevo sistema, parlamentario y no presidencialista. Una fórmula que impida que alguien decida por su cuenta alzándose con el santo y la limosna. Como ha hecho el actual jefe del Estado al provocar una ciclogénesis nacional de suprema capacidad explosiva.