Por Kiev y por El Cairo

Sabemos que hay muchas clases de guerra, pero se nos escapa la diversidad en que cunden ciertas de ellas. Varía su tipología y ocurre muchas veces que el perfil en el que comparecen resulta de la mezcla, de la hibridación, de los caracteres propios de dos o más especies de las mismas. La actualidad internacional de los últimos días nos presenta, además de por Kiev y por El Cairo, la guerra sobre la que se debate en Suiza, bajo el arbitraje de un comisionado de Naciones Unidas. Es conflicto que ha evolucionado en sus ya tres años de duración desde el modelo linealmente binario de una rebelión armada. Bien distinto del conflicto de sostenida protesta colectiva por medio de manifestaciones, devenidas violentas, contra un Gobierno pro-ruso como el de Ucrania

Continua ahora el choque contra el Estado, en El Cairo y otras ciudades egipcias, de los Hermanos Musulmanes y especies asociadas, como el Ansar Bait al Maqdis, (otra de las franquicias de Al Qaeda) responsable de los atentados suicidas durante el pasado viernes, luego de haber golpeado durante los últimos meses a las fuerzas militares en el Sinaí, quizá desde apoyos de los palestinos de Hamás en la Franja de Gaza. Pero junto a esto hay que anotar el balance de los enfrentamientos entre manifestantes de una y otra parte en el último fin de semana: 29 muertos, 67 heridos y 700 detenidos. Otra subespecie de guerra civil esta de los partidarios a corto plazo de políticas cívico-militares contra los seguidores de un orden político islamista.

Si algo faltaba para legitimar la destitución militar del presidente Mohamed Mursi tras de haberse sacado de la manga una Constitución coránica para Egipto, ha sido esta prueba por vía de atentados suicidas el pasado viernes. Ello lo vincula, directa y expresamente, a ese yihadismo terrorista que lo mismo golpea en Siria con armas químicas contra Bachar el Asad que lo hace en Egipto contra el actual Gobierno, opuesto de raíz al integrismo religioso de los Hermanos Musulmanes, reinstalados nuevamente en la clandestinidad.

A la manera en que los egipcios se cargaron a golpe de manifestación el régimen de Hosni Mubarak, porfían los ucranianos del norte y oeste del país en derrocar o someter al Gobierno de Victor Yanukóvich por haber cedido a la presión rusa y dejado a la Unión Europea en la estacada con el Tratado de Asociación cuando estaba a punto de formalizarse. El sábado por la noche, en la reanudada tregua entre el poder y los manifestantes, Yanukóvich ofreció a los dirigentes de éstos las carteras de Primer y Viceprimer ministro. La oferta no ha sido aceptada ni la sublevación popular detenida. Tampoco el ensanchamiento de las pretensiones de la coalición: partiendo de la demanda de que se recupere el acuerdo con la Unión Europea, la exigencia de que se adelanten un año las elecciones y de que el sistema sea menos presidencialista y más parlamentario. No se dice expresamente pero a lo que se va por la dirección de manifestantes es a un proceso constituyente.

En todo caso, lo evidenciado hasta ahora es que el conflicto se expresa en dos frentes: uno, es el enfrentamiento de los manifestantes con el Gobierno, y otro con sus compatriotas del Este de la nación: de cultura y vocación rusas. La desembocadura en el consolidado fracaso de la tregua pactada con las autoridades haría temer que la vuelta a los choques urbanos entre los manifestantes y la policía traiga consigo más violencia y muertes aun que en la etapa precedente.

Pero el riesgo mayor es que comience a crujir la unidad nacional de los ucranios, al desembocar la protesta y los desacuerdos en una cantada guerra de horizontes nacionales. Es decir el choque entre la parte pro-europea y la parte pro-rusa. Ucrania viene de una historia nacional, en los últimos 150 años, de movimientos de fronteras. Tras de la puerta de ahora mismo esperan sucesos inquietantes, no sólo en el marco nacional ucranio sino en el espacio continental, con el enfrentamiento político entre la Unión Europea y Rusia, derivado de la colisión de los respectivos “espacios vitales”.

Por Kiev y por El Cairo se consolidan horizontes de inquietud.