Ucrania, en puertas de su hora cero

Ayer la crisis de Ucrania parecía haber llegado a la suya propia. A las seis de la tarde hora española se cumplía el plazo dispuesto por los manifestantes – al cabo de seis días de disturbios en el centro de Kiev, capital del país y sede del Gobierno, con un balance en la calle de cinco muertes y tres centenares de heridos – acampados a la manera egipcia de la Plaza Tahir (Plaza de la Libertad) en una protesta sostenida contra la derogación del derecho a manifestarse, aunque también y principalmente contra el presidente pro-ruso Janukóvich. Exigían los manifestantes que el Gobierno de éste, al que imputan la responsabilidad de todo cuanto ha ocurrido desde que Janukóvich, en la última Cumbre Europea, se desdijera del compromiso para un Acuerdo de Asociación.

Está Ucrania por gala partida en dos como bien saben los lectores. La occidental, que gravita hacia la Unión Europea, y la oriental que lo hace hacia la Madre de Todas las Rusias, cuya capital es Moscú, donde Vladimir Putin oficia de Zar democrático y quiere reinstaurar el viejo orden sobre las huellas de lo que hizo el bolchevismo a lo largo de tres cuartos de siglo. Desde ese propósito y tal empeño, Putin había conseguido luego de la referida “Cumbre” que Janukóvich se volviera atrás del compromiso suscrito con la UE y apoyado por la voluntad de sus compatriotas (del lado occidental).

El formidable alboroto, la tremenda guerra campal de estos últimos días en Kiev ha venido a combinarse con el fuego dialéctico de Embajadas e instituciones europeas, como la propia Comisión de Bruselas – por boca de su presidente Durado Barroso – y la misma Administración estadounidense, denunciando la presión rusa sobre Ucrania, articulada en forma de tenaza económica, mediante los precios del gas para que el país desandase el camino que había hecho hacia Bruselas.

En términos de dialéctica política propia de la segunda posguerra mundial, cabría decir, simplificando lo necesario, que Ucrania queda ubicada actualmente en lo que entonces se llamaba “zona gris”, de influencias compartidas sobre determinados espacios por parte de occidentales y soviéticos. Esa es la clave, la lógica y la explicación de que tanto una parte como la otra – más la rusa que la euro-americana, a propósito de Ucrania- se encuentren a estas horas denunciando la “injerencia” del contrario para este compás de redefinición de los respectivos espacios de influencia conforme el nuevo orden continental hacia el que se evoluciona, dentro de la conflictiva situación en que se está. Y en la que Ucrania, por derecho propio, desde su estructura nacional escindida en dos mitades, se ha definido como cuestión poco menos que capital.

Esa es la mar de fondo que agita el tremendo temporal de protestas y conflicto en que se encuentra sumida no sólo la ciudad de Kiev sino los más de los núcleos urbanos de la Ucrania occidental. En lo más inmediato, la crónica en ese trozo de Europa puede venir cargada de cualquier cosa. Bueno fuera que se pactaran los modos para que el daño fuese menor. Ucrania permanece en puertas de su hora cero. De momento parece meridianamente claro que el presidente Janukóvih no midió bien las consecuencias que tendría su defección en la última Cumbre Europea.