El stop a Irán

Y el presidente Obama, más allá de los alientos y presiones de Israel y Arabia Saudí, no aceptó que la República Islámica de Irán no admitiese la condición de que le se impusieran precondiciones, peajes y portazgos para tomar asiento en la conferencia internacional de Ginebra II. Encuentro establecido para acordar una salida a la guerra civil siria entre el régimen de Damasco, representado por Bashar el Asad, y las fracciones de los frentes rebeldes que concurren en pos de conseguir sus respectivos botines políticos, cuando el conflicto ha rebasado ampliamente las 100.000 muertes y se cuentan por miles los fusilados y torturados en las cárceles del régimen, tal y como se documenta gráficamente mediante las pruebas, aportadas por la deserción de un mando intermedio de las fuerzas gubernamentales sirias, que ayer publicaba la prensa británica.

Muchos son los motivos y sobradas resultan las razones para el veto norteamericano y la subsiguiente rectificación de Ban Ki-moon, Secretario General de Naciones Unidas, que previamente había cursado la invitación a los iraníes. En lo más inmediato se registra el hecho mismo de que los iraníes son parte activa en el conflicto sirio a través de dos diferencias fórmulas. De una parte, efectivos de los Guardianes de la Revolución actúan empotrados en las tropas regulares del régimen sirio, y de otra, Hezbolá, el partido-milicia libanés, financiado y armado por los iraníes, actúa desde el primer momento de la contienda enrolado también en los efectivos del Gobierno de Damasco. Es doble dato y duplicada razón para que Washington y Riad se opusieran a la comparecencia en Suiza, para tal escenario de negociación, de la República islámica de Irán.

Ocurre asimismo que el veto americano-saudí a la participación de la República Islámica en la Ginebra II  – en el que está implícito el papel de fondo jugado en Washington por el lobby judío en la capital federal estadounidense -, se encuentra montado, más allá de las dichas motivaciones puntuales, en la propia consideración geopolítica de que los persas, al oeste de la frontera del Chat el Arab, tienen cerrado el paso por árabes y anglo-americanos. Sólo la confraternidad en el chiísmo – que no es poco de otro punto – tienen como opción y alternativa regional.

Esa frontera confesional a Poniente con los musulmanes suníes fue impuesta por los turcos en Mesopotamia nada menos que en el Siglo XVI, cuando después de la batalla naval de Lepanto (1570) cambiaron su atención preferente por el Mediterráneo occidental hacia Oriente, y empujaron a los persas, en Mesopotamia, más allá de la desembocadura conjunta del Tigris y el Éufrates en el Golfo del Petróleo. El historiador francés Fernand Braudel se preguntaba el por qué de ese giro contra Persia de los califas turcos. Una pregunta a la que quizá se podría responder desde esta situación de ahora mismo.

Lo que desde luego parece haberse deslindado con el veto árabe y occidental a que Irán se incardinase en la estructura política de la guerra civil siria, sería tanto como el límite político del problema nuclear iraní respecto del resto de las cuestiones estructurales de poder en el Oriente Medio.

Siria no estaba en el trato sobre el enriquecimiento de uranio por parte de los iraníes. Es otra cuestión, no puntual sino sistémica: el equilibrio de poder dentro de la región aquella. Iraq, desde la desaparición de sus dictaduras nacionalistas, especialmente la de Sadam Husein, ha pasado de ser el Estado tapón y el instrumento militar utilizado por Estados Unidos y las petromonarquías árabes del Golfo, para que abortase regionalmente la Revolución Islámica del Imán Jomeini, a convertirse, por el triunfo político de la mayoría chií, en el aliado natural del poder establecido en Teherán en 1979.

Habrá que volver más veces sobre el tema de Irán más allá del seguimiento de cómo se cumple el acuerdo ginebrino sobre el enriquecimiento del uranio por parte de la República Islámica.