Irán el eje de un cambio

La noticia de la invitación de Naciones Unidas cursada a Irán por Ban Ki – moon, su Secretario General, para que se incorpore al encuentro en Suiza de las conversaciones para la paz en Siria entre el Gobierno del presidente Asad y una representación de parte de los grupos rebeldes con los que se encuentra en guerra – un intento político de la mayor complejidad imaginable -, y el anuncio iraní de que se han desconectado las centrifugadoras para el enriquecimiento de uranio y cumplido el proceso de empobrecimiento de 196 kilogramos de uranio que antes había sido enriquecido, sienta las bases para el regreso de la República Islámica de Irán a la normalidad internacional en lo político y lo económico.

Una y otra cosa, aunque formalmente distintas en sus correspondientes y específicos contenidos comparten, sin embargo, un procesal origen común: las negociaciones que en Ginebra llevaron a cabo, con un éxito inicial, las autoridades de Teherán con los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la propia ONU, a las que estaba incorporada Alemania.

Y ambas convergencias de negociación internacional traían causa a su vez del contacto telefónico directo, a su vez entre el presidente Obama y el jefe de Estado iraní, Rohani, cuando éste se desplazaba en su automóvil por Nueva York camino del aeropuerto para embarcar en su avión camino de Teherán, luego de haber participado en la Asamblea General de Naciones Unidas.

Allí sistematizó Rohani, cabría decir, todas y cada cuantas señales de cambio y de forma en el talante y el rumbo de su país con respecto al escenario internacional en lo atinente al debate sobre naturaleza y alcance de su programa nuclear. Una iniciativa que cursaba en secreto hasta que fue revelada mediante denuncias de la oposición iraní en el verano de 2002.

Aquella revelación desató la alarma en el mundo, puesto que de ser ciertas las denuncias la Republica Islámica infringía la legalidad internacional en la materia, expresada en el Tratado para la No Proliferación de las Armas Nucleares, de la que Irán era parte signataria. El tiempo transcurrido desde entonces hasta el fin del pasado verano, ha sido como el equivalente de una espiral cuyo desarrollo equivalía a un crecimiento – unas veces exponencial y otras como detenido y pausado – de la tensión entre las potencias mundiales, exceptuadas Rusia y China, y el régimen iraní de los ayatolás. Crecimiento recargado a su vez con el añadido de las amenazas a Israel desde la presidencia de Mahmud Ahmadineyad: los ocho años precedentes al actual mandato del presidente Rohani.

Tales antecedentes son lo que en su conjunto ha traído la situación a la que ahora se ha llegado, definible como un periodo de prueba sobre la viabilidad de lo convenido en Ginebra. Un compás de cata y verificación, conforme un sistema de tanto cumples tantos fondos congelados en instituciones bancarias serán desafectados para su disposición conforme un definido catálogo de urgencias y necesidades económicas iraníes. Pero lo muy complejo y resbaladizo de este camino ahora abierto, no parece ser apenas nada si se lo compara con el capítulo anexo del papel iraní en las negociaciones de Suiza para la paz en Siria. Algo poco menos que imposible por la complejidad de los factores que concurren en su guerra civil. Una guerra, cabría decir, en régimen de muñeca rusa por la superposición y más que imbricación de los conflictos internos entre los rebeldes de una parte; y de otra, por la práctica imposibilidad de acceder a una alternativa viable y fiable al régimen de Bachar el Asad, tejido de pactos complejísimos entre los musulmanes del país y de éstos con las minorías cristianas. La llave para abrir esa puerta y cortar ese nudo sólo se columbra a través de un pacto ruso-americano. Si éste fuera posible sería porque la Guerra Fría si habría concluido de verdad. Habría sido Irán, con su peso de potencia milenaria, el eje de ese cambio histórico.