Volvogrado y Xinjiang, terrorismo islámico en creciente fértil

A caballo de la fase islámica de la Luna, el “Creciente Fértil” de la heráldica mahometana, el terrorismo independentista caucasiano de Daguestán ha golpeado en dos días consecutivos, domingo y lunes, sobre la ciudad rusa de Volvogrado, la antigua Stalingrado, en su campaña contra los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi, cuyo comienzo está programado para el día 7 del próximo mes de Febrero. A 31 muertos ascendía ayer el conjunto balance provisional de víctimas, en el que se contabiliza una cincuentena de heridos. Algunos de ellos extremadamente graves. Como no podía ser de otra manera, las autoridades rusas tienen decretada alarma nacional, vistos también los numerosos y muy graves antecedentes del terrorismo islamista entre los chechenos.

Simultáneamente, a oriente del Cáucaso ruso, en la región autónoma china de Xinjiang, ha venido a rebrotar la violencia terrorista del islamismo de la etnia Iugur desde su pérdida condición mayoritaria frente a la etnia Han, que es la más común en el conjunto del Estado. Así, en el curso del ataque con piedras, palos y cuchillos a una comisaría de policía, han sido muertos ocho de los asaltantes. Aunque lo más notorio en este suceso chino es la sincronía entre el reverdecimiento de tal violencia y la campaña de terror islamista, con la liturgia del suicidio en la autoinmolación chechena, contra el resto de la población civil rusa. Tal como si unos y otros pretendieran o aspirasen entrar, con la autoinmolación, por la senda que lleva al Paraíso prometido por el Profeta del Corán.

Pero no acaban ahí los eslabones de la cadena en que parecen concertarse las franquicias multicontinentales de Al Qaeda. Concierto y trabazón que incluyen con el síndrome ruso-chino de Volvogrado y Xinjiang, el dinamitado de la cohesión interna en la lucha armada contra el régimen sirio, protegido de Rusia, y el reciente atentado en Beirut en el que ha muerto un ex ministro del Gobierno libanés, cuyo objetivo no sería otro que desestabilizar aun más la siempre crítica relación de Beirut con Damasco.

Aunque hay, por África, otros mimbres, nuevos síntomas en este reverdecido discurso del terrorismo islámico más allá del Sahel y del sostenido activismo en la Republica de Mali. Me refiero al terror que los musulmanes minoritarios en la parte sur de Nigeria, de mayoría cristiana, esparce la secta de Boko Aram contra la vigencia de los valores occidentales, muy especialmente los cristianos. Boko Aram es otra de las franquicias inspiradas o dirigidas desde la Al Qaeda ahora capitaneada, desde la captura y muerte de Osama Ben Laden, por el médico egipcio Anwar el Sawahiri, formado en los Hermanos Musulmanes de Egipto. “La educación occidental es pecado” es el lema al que responde, en la lengua africana correspondiente, la secta islamista que ya cuenta por miles los cristianos asesinados en el referido espacio surnigeriano.

La sincronizada pulsión de terrorismo islamista en tal amplia diversidad de escenarios responde, en términos de mayor probabilidad, a una idea de programa y campaña, de compartida causalidad, que no a otra de pura y azarosa casualidad. El yihadismo, en este arranque del Siglo XXI, hace algo más que sólo apuntar a un propósito ecuménico de lucha genérica contra lo occidental y de odio específico contra lo cristiano. Desde el Cáucaso y sus Viudas Negras, y el Xinjian chino, hasta el Boko Aram nigeriano y otras sectas islamistas asociadas.