Un año con graves novedades temáticas

En fechas periodísticas como estas, de recuento de la actualidad política internacional, merecen atención preferente entre los eventos noticiosos aquellos que han presentado algo más que sólo indicios o señales de que llevaban consigo un significativo potencial de cambio en el escenario de las relaciones internacionales. Se trata en unos casos de hechos nuevos que parecen traer el riesgo de peligros impensables hasta ahora, o siendo previsibles, incursos en no considerada probabilidad dentro de los términos propios de la opinión general. De los criterios no profesionales del análisis.

En este sentido habría que cederle la preferencia en el balance del año que expira a un asunto que no ha sido objeto de grandes titulares en los medios periodísticos. Me refiero a esa suerte de erupción geopolítica emergida en el Mar de China Oriental por causa de la disputa del pequeño archipiélago entre los Gobiernos de China y Japón.

Se sobreentiende que son las riquezas de hidrocarburos que yacen en respectivas aguas de los islotes aquello que ha hecho estallar la crisis, puesto que la propiedad japonesa de los mismos colisiona con la estimación china de que pertenecen a su espacio marítimo soberano. Estimación, pretensión, exigencia esgrimida desde Pekín que se repite en otros ámbitos de la cuenca del Pacífico, como los lindantes con las dos Coreas, Vietnam del Sur y con Filipinas.

Tan importante como el hecho en sí de la colisión de pretensiones chino-nipona es el entorno de intereses y posiciones de terceros alineados con Japón, cuyo presupuesto de Defensa ha crecido en términos poco menos que exponenciales, al saltar desde un enunciado diríase que “pasivo”, disuasivo de bajo perfil, a otro de signo concurrente con el propio de China, dónde a los ritmos de crecimiento oficial del presupuesto de Defensa subyace, según los especialistas, otros márgenes cuyo porte real se colige del porte de su armamento nuevo; especialmente en el ámbito del poder naval. Algo explicable desde el propio hecho de que el Océano Pacífico va a ser la principal cuenca marítima del Siglo XXI.

Por si algo faltara para identificar los sabores políticos de la creada tensión entre China y Japón aparece el revuelo desatado por la visita de Shinzo Abe, el primer ministro nipón al santuario nacional sintoista de XX, donde se rinde culto a los caídos en las guerras libradas por el Imperio del Sol Naciente. Expresamente señalados en la memoria nacional de esos caídos figura la nómina de hasta 14 ajusticiados como criminales de guerra, entre los que figura el almirante Tojo que presidía el Gobierno Japonés que ordenó el ataque al Puerto de Pearl Harbour. Este detalle valdría por si solo para explicar el porqué el Gobierno norteamericano se ha sumado al coro de quejas internacionales que se ha levantado por la visita de Shinzo Abe, entre las que figuran Corea del Sur y en primer lugar la propia China. Países ambos que sufrieron la cualificada crudeza de la invasión japonesa.

Otro escenario regional que en el curso de este año siguió vertiendo caudales temáticos de primera magnitud para la información política internacional ha sido el de los Orientes Próximo y Medio con sus anexos del norte de África. En este último ámbito geográfico sobresalió el cierre del círculo de cambio en Egipto, iniciado, tras de la llegada allí de la llamada Primavera Árabe, con la caída del régimen nacionalista y militar representado en su última fase por el presidente Hosni Mubarak y comenzado en los años 50 del pasado Siglo XX por Gamal Abdel Nasser; caída que dio paso a la irrupción en la política de las masas civiles y a la celebración de elecciones parlamentarias y presidenciales en las que emergió el poder de los Hermanos Musulmanes, excluidos del juego político durante todo el tiempo precedente.

El presidente Mursi, salido de sus filas se apropió transversalmente del proceso constituyente del nuevo orden democrático, hasta cristalizarlo en un modelo híbrido de democracia política y fundamentalismo islámico, con dependencia normativa más propia de la Sharia o Ley Islámica que de los principios constitutivos de la representación y cauces laicos de los procesos de poder político.

La resecularización de la vida pública egipcia acabó así desembocando en un golpe de Estado cívico-militar ahora aplicado a elaborar una Constitución sólo centrada en la ley civil. Aunque aplicado también al ajuste de cuentas con los islamistas de la Fraternidad Musulmana. Con ello, por tanto, el año acaba cerrando el círculo histórico en la República del Nilo.

El rebote de la marejada islamista en el Mediterráneo Oriental alcanza en estos últimos días del año a Turquía con una crisis política interna de primera magnitud, sacudido el Gobierno de Recip Erdogan por un escándalo de corrupción que alcanza a diez de sus ministros, pero que acontece sobre una mar de fondo en la que contienden los islamistas en el poder contra el secularismo kemalista en su indeclinada apuesta por la secularización plena de la política. La onda de esta crisis habrá de tocar pelo, muy posiblemente, a lo largo del año que entra.

Pero no se vislumbran tiempos de desenlace junto a la frontera turca – que es tierra de la OTAN – en la guerra civil siria, donde el islamismo de la yihad parece haber fagocitado la sublevación democrática contra el régimen de los Asad, luego de utilizar armas químicas contra la población civil. Cosa que estuvo a punto de arrastrar la intervención occidental con el lanzamiento de misiles contra Damasco. El problema tuvo la componente muy positiva de un compás empático entre Washington y Moscú, al identificar un compartido interés, mucho más que sólo puntual, en luchar contra el yihadismo.

A grandes trazos, entiendo, lo considerado puede ser lo más relevante de 2013 en este particular informativo de la política internacional.