El Pacífico estrena su siglo con Japón y China

Se dice que el Océano Pacífico será el mar del siglo XXI, y posiblemente de algunos más. La prueba de ello se está adelantando, sobre las ya establecidas en lo económico – con la mayoría de edad de los que se llamaron Pequeños Dragones allá durante el último tercio de la pasada Centuria -, conformando éstos un área que, entre otras particularidades tipológicas, presenta la de haberse zafado de la crisis atlántica, en su parte norteamericana y en su espacio europeo. Ese estreno del escenario secular del Pacífico como cuenca de contenido histórico preferente necesitaba, para ratificar y consolidarse de eventos y particularidades de significación militar. Como exponentes de fuerza y determinación bastante de los actores para demostrarla.

Fueron las detonaciones atómicas norcoreanas y los lanzamientos de misiles de medio y gran alcance, en su combinado sentido armamentístico de gran artefacto bélico y cohete portador, el primer anuncio de lo que podría venir en aquellos mares luego de la enorme crónica de la Segunda Guerra Mundial en tales aguas. Concluida con el doble apocalíptico suceso de Hiroshima y Nagasaki.

Esto de ahora es otra cosa. La danza hermética del régimen norcoreano, una suerte de pieza suelta capaz de operar como catalizador de lo menos deseable en las tensiones de las grandes potencias, parece haber perdido estos días mucho de su rígida estabilidad interna. Tras la purga y depuración de quienes, con el segundo hombre del régimen, el fusilado Jang Song Thaek, parecían significar la posibilidad de un cambio hacia la senda seguida por China después de la Revolución Cultural en los tiempos de Mao, el futuro norcoreano se hace aun más imprevisible.

Pero no lo es más el “estatus quo” imperante en el Mar de la China, menos por el incidente en la zona ahora revelado entre dos buques de guerra, chino uno y el otro norteamericano, que por la disputa chino-nipona sobre los islotes Senkaku situados en un espacio tenido por muy rico en petróleo. Pekín se irroga ahora derechos de exclusión sobre la zona, que Japón reclama como suya, con el apoyo americano. Idéntica esgrima marítima es también la de China frente a Filipinas y Vietnam, desde la compartida presunción de que en los respectivos espacios marítimos abundan los hidrocarburos.

Son cosas, posiciones, intereses que en su actual eclosión estarían señalando ya el disparo inicial de la primacía de esa cuenca del Pacífico sobre la del Atlántico. Un cambio que anuncia proceso histórico parecido al que sucedió del siglo XVI en adelante con respecto a la cuenca mediterránea, después del Descubrimiento y conquista de América por España.

Trajo aquello la sustitución en Europa de los flujos del oro africano por el oro americano. Estuvo acompañada esa importante variación económica del vuelco político, después de la batalla naval de Lepanto, del Imperio Turco hacia Oriente y hacia Centroeuropa.

Pero son de destacar especialmente en este giro de escenario para el cambio político, económico y estratégico en el Pacífico, el salto de Japón hacia el rearme, a la vista de las condiciones de inseguridad en su entorno inmediato: con las presiones territoriales chinas y el riesgo norcoreano. Y hace Japón este rearme con un Presupuesto quinquenal de defensa, de 2014 a 2019, equivalente a 174.000 millones de euros. El cambio japonés en defensa varía desde el relevo de la doctrina de autodefensa, vigente desde el final de la Segunda Guerra Mundial, a una óptica nueva apoyada en la diplomacia y en el tejido de nuevas relaciones, en el que se suma al papel que desempeña Norteamérica una cooperación específica con Corea del Sur, India y Australia. Cambia el discurso, el argumento y cambia el escenario del tiempo nuevo. El del Océano Pacífico como escenario primordial.