Revelada fractura del régimen norcoreano

La ejecución de Jang Song Thaek, segunda figura del aparato político del régimen comunista norcoreano, es suceso de primera magnitud no sólo en el marco de su país sino en el conjunto regional al que éste pertenece y en el espacio internacional inscrito en las discontinuas negociaciones celebradas hasta ahora para que Corea del Norte acate lo establecido en el Tratado de No Proliferación Nuclear.

Unas negociaciones en las que han participado desde su primera ronda Estados Unidos, Rusia, China, Japón y Corea del Sur, y en las que esquemáticamente se pretende que el régimen de Pyongyang cancele sus programas de construcción de armas atómicas y desactive los ingenios nucleares que tiene en su poder. Todo a cambio de un programa internacional que se aplicaría para la reconversión civil de la economía y la industria norcoreanas.

Reconversión acompañada del suministro de alimentos para su población, castigada por endémicas hambrunas. Catástrofes carenciales de naturaleza sistémica producidas por la paranoica apuesta del régimen a la carta armamentista, tanto como opción de poder como de prestigio internacional para, supuestamente, subsanar los déficits internacionales en que se encuentra. Derivados quizá del hecho de que la Guerra de Corea (1950-1953), jurídicamente, no está en rigor resuelta sino sólo suspendida por vía de un armisticio al que no pudo seguir un Tratado de Paz.

Tras de la eliminación física del segundo nivel de poder, la opinión mayoritaria de los analistas es la de que después del fusilamiento seguirán las represalias de sus secuaces o partidarios estrictos y, en general, de cuantos pudieron significarse como simpatizantes en distinto grado, amén de aquellos otros denunciados – desde la miseria moral que comúnmente acompaña las guerras civiles – por supuesta sintonía política con quien pudo alzarse con el mando de no haber sido descubierto.

Es de entender, por tanto, que las represalias entre los no adictos – reales o supuestos – a Kim Jong Un, van a ser, sino lo están siendo ya, de la extensión y contundencia propias de las purgas stalinianas, conforme los términos correspondientes al genoma ideológico y político del sistema comunista norcoreano. Puesto que su fundador, abuelo del resolutivo mandarín allí reinante, fue fundido en el crisol del Moscú de los años 50 del pasado siglo XX. Tras del fin asiático de la Segunda Guerra Mundial con la derrota de Japón, parasitada por la URSS poco antes de que sobreviniera la rendición del Imperio del Sol Naciente con el irrebatible argumento de Hiroshima y Nagasaki.

Tampoco es de pasar por alto el aporte genético de la China de Mao, aunque éste fuera sólo un mensaje repetido del primero, tanto por su formato staliniano como por el trasfondo leninista de la “dialéctica de las situaciones concretas”. Entendido esto como coartada para toda suerte de brutalidades en el ejercicio de un poder ajeno a toda moral que no fuera la de la fuerza y el poder en sí mismos. O dicho de otra manera, la del relativismo de la moral llevado hasta sus últimas consecuencias.

Visto después que ha sido hasta ahora la última deriva del maoísmo en China, desde la revolución cultural de los años sesenta de la pasada centuria y el post-comunismo ahora cursante allí, con la dictadura del proletariado como soporte – vía salarios por decreto – del capitalismo sin aparente competencia en el concierto global de las economías, la peripecia norcoreana de estos días marcados por el fusilamiento de Jang Song Thaek, que al parecer pretendía reconvertir el sistema comunista norcoreano conforme las pautas seguidas en Pekín, es tanto como un monumento vivo de las “contradicciones del último totalitarismo”. Pero, en cualquier caso revelaría la fractura sistémica el régimen norcoreano.