Frío político en la Cumbre lituana del deshielo

Es muy complejo esquivar las inercias de la Historia. Toda política con propósitos de enmendar el peso del pasado ha de pagar necesariamente un peaje cuyo montante puede en ocasiones convertir en ruinoso tal empeño. El de la Cumbre de Vilna, en la que la Unión Europea intenta de neutralizar el viraje de última hora del presidente de Ucrania, Victor Yanukovich, quebrando la curva de aproximación y convergencia de Kiev hacia la UE – para restablecer convergencias con Moscú al que estuvo anclada en los tiempos de la Unión Soviética -, es un ejemplo muy elocuente sobre el porte de tal dificultad. Aunque también del tozudo empeño de la Rusia de Vladimir Putin por traducir a los tiempos actuales el esquema geopolítico europeo que prevaleció en el Este del Viejo Continente hasta la caída del Muro de Berlín y de la entera URSS.

Con toda seguridad, ha sido la presión europea para que el actual Gobierno de Kiev excarcele la señora Timoshenko, que fuera cabeza del Gobierno ucranio que emprendió el alejamiento de su país de la órbita rusa desde la propuesta de la Unión Europea como destino colectivo para sus compatriotas, lo que ha poco menos que reventado el clima que había para un progreso hacia el consenso entre los Estados miembros de la Unión Europea y el grupo que integran los Seis del Este (Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Georgia, Moldavia y Ucrania), en cuyo camino se encuentra Vilna, la capital de Lituania.

Salvo algún caso concreto, como el de Ucrania y el de Georgia en sus respectivos momentos de tensión de fondo (concretamente de guerra en el de los georgianos mientras en Pekín se celebraban los Juegos Olímpicos), la dinámica en que se inscribía la reunión de Vilna era la de una “convergencia de culturas políticas” de ese conjunto de países hacia el paradigma de cultura y civilización en que se encuentran concertados los Estados adheridos al proyecto europeo desarrollado desde el Tratado de Roma.

El caso Timoshenko es un punto nodal dentro del rango sistémico que representa, para el fondo y para la forma de esa progresiva concertación en la que tenía y tiene sentido la Cumbre de Vilna. Tan relevante reclusa – que lo es por cargos de único fundamento político, sin base objetiva alguna en términos de responsabilidades penales -, compendia y resume el propio caso de Ucrania, que es problema nodal que enfrenta el ahora congelado proyecto de convergencia entre las dos Europas: la occidental, expresada por la UE, y la oriental, que componen los Seis del Este.

Ucrania compendia todas las claves de la dificultad histórico-política de caminar desde el Este europeo hacia un proyecto compartido de cultura política, desde el que eventualmente se podría un día acometer otros géneros de integración… Esta nación que arrienda en el Mar Negro a Rusia la base de Sebastopol para su talasocracia militar junto al Mediterráneo, está enfeudada y endeudada con Moscú y al propio tiempo dispone de una mayoría de población que apuesta por encajarse con Europa. De todo el Sexteto euro-oriental es Ucrania el de mayor relevancia para que salga adelante o para que no llegue a parte alguna eso en lo que se estaba y para lo que se pensó al acordar la Cumbre de Vilna. El propósito no podía haberse encontrado, a última hora, con más hielo en esta ocasión preparada justamente para lo contrario. La Rusia de Putin seguirá haciendo cuanto esté en su mano para heredar el ecosistema de poder continental que tuvo en su día la URSS.