La resaca del consenso con Irán

Los respectivos ecos nacionales en Estados Unidos y la República Islámica de Irán tras del cambio de horizonte en las negociaciones de Ginebra, al haberse logrado el consenso entre las partes sobre el camino a seguir en el curso de unos seis meses, sobre la congelación y control del programa nuclear iraní, tanto en los procesos de enriquecimiento de uranio hasta sólo niveles que impiden su aprovechamiento para la fabricación de armas atómicas como en el control de los contingentes ya procesados, y en lo concerniente a la central nuclear de agua pesada, en Arak, cosas ambas de han sido descontadas de inmediato en las Bolsas, haciendo además flexionar a la baja los precios del crudo, puesto que retrocede significativamente la probabilidad de un conflicto militar por esta causa; la distinta valoración política de la opinión pública en ambas naciones, negativa en la norteamericana y de alborozo en la República Islámica, es algo que resulta de distintos y contrapuestos factores.

Acaso el principal de ellos sea la distinta naturaleza de los respectivos intereses puestos en juego. Para los iraníes significa el cambio el principio del fin de las diversas sanciones arbitradas por los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, junto con Alemania y la presencia en la negociación de la señora Ashton, Alta Representante de la Unión Europea para la Política exterior.

Y para Estados Unidos, en cambio, la crítica lectura que se hace de tan relevante suceso diplomático, resulta del peso sistémico que tiene en Washington el lobby judío. Algo que traduce con afinada puntualidad el propio punto de vista de los Gobiernos de Israel, especialmente, del Gabinete actual, dirigido por Benjamín Netanyahu. Una coalición de fuerzas políticas de la derecha cuyo sentir al respecto ha barajado incluso durante el año que pronto acabará, al menos en términos verbales, la idea de ataques “preventivos” contra las instalaciones iraníes en que se ha procesado el uranio durante la última década; instalaciones en las que el número de centrifugadoras ha aumentado en términos ciertamente espectaculares.

Ello y las manifestaciones iraníes contra la existencia del Estado de Israel, durante las dos legislaturas presidenciales de Mahmud Ahmadineyad han sido componentes de la situación previa a la llegada de Hasan Rohani que cebaron cumplidamente la aceptación norteamericana, en términos de opinión popular y en el Senado, de los recelos y de las protestas judías ante lo ahora acordado.

De otro punto es de señalar el modo en que el consenso de Ginebra en la madrugada del pasado domingo ha fortalecido muy sensiblemente la imagen del presidente Obama, al haber logrado un tanto enormemente significativo. El notable caudal de presión desalojada en el escenario internacional mediante este acuerdo ha comenzado ya a tener un efecto diríase que balsámico para las expectativas económicas del mundo, y aunque ello no pueda significar propiamente que se haya encontrado la panacea frente a la crisis sí cabe entender que, al menos a corto y medio plazo se ha desactivado el riesgo de mayor cuantía que pudiera haber supuesto una campaña militar contra la República Islámica si el régimen de los ayatolás se hubieran empecinado en continuar por el camino en que se encontraba antes del pasado junio, cuando Rohani dio paso a otra andadura, bien distinta de la seguida por el beligerante Ahmadineyad, al que gustaba tanto el compadreo con el desaparecido Hugo Chávez.

Otra línea de reticencia al nuevo escenario de la cuestión iraní, es la que corresponde a la corriente mayoritaria en el Consejo de Cooperación del Golfo, y a la que habrá que volver de nuevo, pues compone el ámbito de repercusión regional más importante del cambio norteamericano frente a Irán. No hay que olvidar que fue precisamente el problema iraní, desde el momento de su eclosión con el régimen de los ayatolas, lo que llevó a la instalación de las bases militares estadounidenses en Arabia Saudí. Iniciativa que específicamente detonó la aparición de Al Qaeda.