Choque sistémico entre Egipto y Turquía

El explicable fragor mediático producido por el principio de acuerdo occidental más Rusia y China con la República Islámica de Irán para zanjar las causas de la tensión internacional suscitada, desde junio de 2002, por el descubrimiento del programa nuclear susceptible de conducir a la obtención de la bomba atómica, ha eclipsado periodísticamente el importante suceso de la expulsión egipcia del embajador de Turquía en El Cairo. Algo más que un episódico incidente diplomático entre el actual Gobierno del más importante Estado árabe y el Gobierno islamista de Ankara.

No se trata efectivamente de un desencuentro puntual entre el poder cívico-militar que depuso el 3 de Julio pasado al presidente al electo presidente Mursi – acusándole de desviaciones de poder muy graves, invalidantes de su legitimidad democrática de origen, como la de actuar contra la Constitución vigente hasta entonces -, y el Gobierno islamista de Turquía, conducido por Tagip Erdogan, que desde el primer momento del derrocamiento del depuesto candidato de los Hermanos Musulmanes, no ha dejado de apoyarle. Y lo más notable del caso es que en el curso de los últimos días, coincidiendo prácticamente con la expulsión del embajador turco, el Gobierno egipcio acusa a Mursi de complicidades con Al Qaeda y alianzas operativas con extremistas palestinos dependientes del poder de Hamas en la Franja de Gaza.

Esta expulsión del embajador turco – que no conlleva de momento la fractura plena de relaciones diplomáticas sino la reducción de la Embajada al nivel de Oficina Encargada de Negocios -, abre una dinámica de complejas repercusiones entre dos importantes nexos de Washington en el Mediterráneo Oriental. Ambos de notoria similitud con la negativa repercusión del consenso logrado internacionalmente en Ginebra con Irán para la diplomacia norteamericana en el Oriente Medio. Uno, el de la expresa y tensa discrepancia de Israel. Y el otro, el disgusto manifiesto de Arabia Saudí y Qatar, que tienen con el vecino persa relaciones no exentas de tensión; lo que deriva menos de los islamismos escindidos – entre los mayoritarios suníes y los chíes -, que de la sombra geopolítica y la densidad histórica proyectadas desde la Persia de siempre sobre el “Estado (saudí) Guardián de los Santos Lugares del Islam” y los demás Petroestados del Golfo: denominación geográfica para la que los persas insisten siempre en reclamar el nombre de “Pérsico”.

Lo más significativo quizá de la presente variación diplomática en el Mediterráneo Oriental y el Asia Menor ha sido el suceso turco-egipcio. De una parte, por la involución islamista de Erdogan hacia la Turquía anterior al nacionalista Kemal Ataturk, y de otra, por la fractura del inverso proceso en Egipto, al islamismo pleno, para la reinstalación del poder nacionalista, laico y militar, del que Hosni Mubarak había sido el último representante y Gamal Abdel Nasser el primero, tras del golpe militar del general Naguib contra la monarquía del rey Faruk.

Tanto por una cosa que por la otra, la distensión iraní con Estados Unidos y la crispación turco-egipcia por otro, parecen componer como la arribada de un nuevo escenario político y diplomático en el mundo dentro de este tercer lustro del Tercer Milenio. Algo que visto desde la óptica de andar por casa podría traducirse en una bajada a corto plazo del precio de las gasolinas, y de los costes energéticos en general para la más pronta salida de la crisis económica dentro del conjunto euro-americano.