Pamemas y tinta de calamar sobre El Peñón

Tras la tercera llamada al embajador de España en Londres en el curso de pocos días por motivos del todo fútiles, a propósito de las aguas marítimas en el entorno del Peñón, el secretario de Estado británico para Europa, David Lidignton, por causa esta vez del incidente habido a propósito del “Ramón Margalef”, buque oceanográfico español, tras permanecer 18 horas en aquel espacio, con las tareas y los cometidos que le son propios dentro de los estudios medioambientales de la zona (más que presumiblemente afectada en su ecosistema por el reciente sembrado en sus fondos de ferrados bloques de hormigón, conforme la decisión del tal Picardo que preside la comunidad de vecinos -ocasionales- en qué consiste la llamada población gibraltareña); después de que el Gobierno británico se haya embarcado en una navegación política consistente en plantear, una tras otra, cuestiones menores que son cortinas de humo con las que escapar del obligado debate – conforme resoluciones de Naciones Unidas sobre la soberanía de la Colonia -, el susodicho secretario de Estado, se descuelga con la afirmación de que el lugar donde trabajaba el “Margalef” “son aguas de soberanía británica de acuerdo con la Convención de la Ley del Mar de Naciones Unidas…, de la que España forma parte”, y condena de forma rotunda “tan provocadora incursión” urgiendo al Gobierno español a asegurar que no se volverá a repetir”.

Ni evanescentes convenciones genéricas sobre el Derecho Marítimo ni milongas de ocasión pueden aducirse como referencias sobre el problema colonial de Gibraltar – el último que resta en Europa -, que conforme su dinámica histórica propende a expandirse y seguir cancerando la riqueza regional de Andalucía y el patrimonio geoestratégico de España. A propósito de las aguas de soberanía no hay más derecho ni otra ley que la establecida en el texto del Tratado de Utrecht, puesto que lo pactado entre las partes tiene para las partes el rango y la fuerza de obligar correspondiente a toda ley. Y en este histórico Tratado que le fue impuesto a España por las potencias europeas que en España hicieron la Guerra de Sucesión para imponer sus respectivos candidatos al Trono español por el agotamiento biológico de nuestros Austrias, a Inglaterra no se le reconoce ni atribuye derechos soberanos en el entorno marítimo de Gibraltar, salvo el de acceso a su puerto: algo así como una servidumbre de retrete. Aunque con el tiempo, por la dicha “vis” expansiva del hecho colonial, las cosas tomaran un giro ilegítimo, añadidamente incompatible ahora con el tiempo de la descolonización, con la moral de la integración europea y con la propia coherencia en la defensa atlántica.

Sólo faltaba ahora que el residente ocasional en Sotogrande Fabián Picardo, en declaraciones a la BBC, orquestadas por el Gobierno de Londres, advirtiese el pasado miércoles a la Guardia Civil que si sus patrulleras siguen entrando sin avisar en las aguas circundantes del Peñón – que califica de británicas – las fuerzas de la Plaza podrían disparar contra ellas si les confunden con terroristas…

Resulta obvio que tales veladas amenazas, lo mismo que la sugerencia de reforzar los efectivos de la Royal Navy en el Peñón, pertenecen al mismo paquete de instrucciones cocinadas en el Foreign Office en una estrategia dirigida a invertir la evidente prueba de que el único acto de fuerza perpetrado en las aguas de Gibraltar, de soberanía española, fue el sembrado de los bloques de hormigón en el fondo de las mismas. Las pamemas del Secretario de Estado Lidington a propósito del buque oceanográfico español forman parte del mismo paquete táctico para confundir a la opinión pública tras de la declaración hispano-británica sobre Gibraltar pactada a primeros de mes en Naciones Unidas reconociendo la vigencia de la Declaración de Bruselas de 1984, por la que Madrid y Londres se comprometieron a negociar la soberanía del Peñón, lo mismo que la de las resoluciones de la Asamblea General en las que establecieron la primacía del derecho a la integridad de España sobre la del principio de la autodeterminación de los gibraltareños. Y al fondo de todo esto se encuentra también lo declarado por el Premier David Cameron contra una eventual negociación de la soberanía de Gibraltar. Hablando de aguas marítimas se entiende el recurso británico a la tinta del calamar, con pamemas y sin ellas.