Bashar Al Asad pudo no mentir

El doble atentado de ayer en Beirut contra la embajada de Siria en Líbano, con una larga veintena de muertes y más de 140 heridos, perpetrado por una franquicia del terrorismo de Al Qaeda, ha sido suceso que además – de reincidir en la instrumentación del suelo libanés como escenario y palenque en las guerras y desafíos entre árabes y entre musulmanes de distinta adscripción sectaria – abre ventanas a la percepción más correcta del concreto conflicto que viene ensangrentando Siria desde hace dos largos años.

Y cuando digo “percepción más correcta” quiero referirme a la consolidada opinión de que Bashar Al Asad mentía al calificar de “terroristas”, desde el primer momento del conflicto, a quienes se habían alzado en armas contra su régimen, cuando la llamada “primavera árabe”. Una crónica de cambio político comenzada en Túnez, se había primordialmente resuelto en la guerra civil Libia y en la revolución egipcia, que había derrocado al jefe del Estado y sumido al país del Nilo en un inacabado río de convulsiones de convulsiones políticas revueltas callejeras. A este último capítulo del proceso norteafricano pertenecen, ya en el Asia Menor, las vicisitudes más al norte y al oeste de los Altos del Golán. Fundidos nuevamente en una unidad de tragedias y desventuras los escindidos destinos de lo que fue la Gran Siria hasta la derrota del Imperio Otomano, en la Primera Guerra Mundial, y su partición en dos Estados.

A ese enunciado de absoluta descalificación que se hizo desde el Gobierno de Damasco de la rebelión de las mayorías suníes sobreviene ahora, con el doble atentado en Beirut contra la Embajada de Irán, el principio de un turno de necesaria reconsideración del problema por parte de quienes, desde la incompleta perspectiva occidental, pudimos entender que el poder de Damasco faltaba descaradamente a la verdad al tildar de “terroristas” a quienes se percibía como rebeldes contra la dictadura del régimen alauí. Que es una parcela dentro del mundo del chiísmo.

De ahí la sintonía de fondo de los Asad y correligionarios suyos en Siria con la República Islámica de Irán. Una sintonía que, de puertas (de Damasco) hacia adentro, se abre a la estable e interna convivencia histórica con las comunidades cristianas de Oriente Medio.

Pero lo que ha venido a poner especialmente de manifiesto el ataque terrorista del lunes contra la Embajada iraní Beirut, es la interrelación de estructura histórica y política entre la guerra civil en Siria y el problema internacional (ahora aparentemente encauzado) de la República Islámica de Irán, cuyo cambio de agujas diplomático ha sobrevenido precisamente por causa de las vicisitudes habidas en el conflicto sirio; en concreto, por la cuestión del empleo de las armas químicas, cuya responsabilidad ha pasado en parte de atribuirse al Gobierno de Damasco a considerarse obra de huestes alqaedanas trufadas en la revolución “liberal” contra el poder establecido en Siria.

Hay otras fuentes capitales en el Oriente Próximo y Medio – de poder y de riquezas en disputa – que las de las aguas del río Jordán. Las piezas del rompecabezas están tan revueltas como las que mojaron hace dos mil años la cabeza del Bautista, antes de que se la cortara el despecho de Salomé.

PD.- El Foreign Office llama a Federico Trillo, embajador de España en Londres, por las lindes marítimas del Peñón ¡Qué cosas las de estos ingleses! Conforme el Tratado de Utrecht, Gibraltar carece de aguas soberanas. Sólo tiene derecho a aguas menores, de acceso al puerto. Que es tanto como el cuarto de baño. El resto del perímetro colonial es español, conforme la misma razón jurídica. Incluso el istmo, que está prestado.