La justa aclamación guineana a España

No recuerdo, desde mis comienzos profesionales en las lides del periodismo, sucesos de más cumplida definición de sentimientos entre los nacionales de un territorio que fue dependiente de otro Estado ante los símbolos u otras formas de representación de éste, como lo acaba de ser el recibimiento ofrecido en Malabo, capital de Guinea Ecuatorial, a la llegada de la Selección Española de Fútbol para disputar un encuentro amistoso. No son corrientes ni fácilmente imaginables tan expresivas muestras de identificación y afecto como las allí deparadas a la que fue su última potencia colonial.

El contraste entre el debate habido en los medios nacionales por la inclusión de Guinea Ecuatorial en el ciclo africano de encuentros amistosos en la fase africana, previos a la celebración del Campeonato del Mundo; el alboroto político habido a propósito de los derechos humanos conculcados en la gestión de Teodoro Obiang, se ha venido a patentizar la mucha artificiosidad y la carencia de reflexión habidas , en este tipo de situaciones, sobre qué obsta y qué conviene a nuestros intereses nacionales.

A este respecto de los escrúpulos y las discriminaciones a propósito de la congruencia con los derechos humanos en el contexto de nuestra confraternidad con quienes fueron españoles hasta el fin de los años 60 del pasado siglo, mientras se mira a otra parte o se cierran los ojos cuando el contacto deportivo se sustancia con Estados que ignoran e incluso combaten tales derechos, como ocurrió con la participación en los Juegos de Pekín, o como será el marco qatarí de los próximos Mundiales de futbol. Ámbitos cuyos parámetros de libertades e igualdades, como en su tiempo lo fueron los soviéticos, nos son tan ajenos a los españoles como al conjunto del mundo occidental y democrático.

En esto de Guinea, al igual que en tantas cosas, la improvisación y la frivolidad, el desconocimiento y el sectarismo andan, asidos de la mano, bailando la torpeza y ejerciendo el daño no sólo contra nuestros propios intereses sino contra lo cierto y lo justo, lo mismo para el presente que para el pasado. Ingrediente de fondo en este desgraciado sino nacional pudiera ser el eco de fondo del desastre del 98, al que no fueron ajenos, en el siglo XIX, el declive biológico de la institución monárquica y los espantosos dislates de nuestra República Federal.

Mientras británicos y franceses permanecen de una u otra forma, incluso soberanamente, en América y en el “Lago Español” que fue el Océano Pacífico, nosotros, víctimas del tocomocho global, nos apresuramos a descolonizar lo propio para que los ingleses descolonizaran Gibraltar… Punto este sobre el que hubo sus más y sus menos, en el seno del régimen del General Franco, respecto a la descolonización de Guinea Ecuatorial, entre el ala liberal, abundando en la línea de Fernando María Castiella en Asuntos Exteriores, volcada en la primacía de la descolonización de Gibraltar, y el ala representativa del parecer del Almirante Carrero Blanco, remisa a cuanto pudiera suponer precipitación en la descolonización de Guinea Ecuatorial. Una diferencia de percepción entre uno y otro punto de vista que venía especialmente suscrita, entendida y apoyada por los respectivos intereses españoles del sector que agrupaba las explotaciones madereras frente al que, podría decirse, representaba la producción del cacao. Disonancia interna, entre el sector liberalizante y el ala “carrerista” del régimen; tendencias que pocos años después – ya con Guinea bajo la mano de Macías Nguema – chocarían a propósito del debate sobre el asociacionismo político, como fórmula puente desde el reformismo del régimen hacia la democracia plenaria.

Algo que no encontró su oportunidad hasta la muerte de Franco dos años después del asesinato del Almirante Carrero. Y luego de la reinstauración monárquica, a través de la Ley de la Reforma Política, como base de la legalidad puente entre la del franquismo y la Constitución de 1978.

Casi una década, aproximadamente, fue el tiempo que medió entre la independencia de Guinea Ecuatorial, que acaba de visitar nuestra Selección Nacional de Fútbol, y la llegada a España de la democracia política. Un plazo más corto podría bastar, metidos en la ensoñación, para que desde allí, vistas las aclamaciones del viernes en Malabo, con la normalización política plena, se suscitara un referéndum para la resintonización con España como Estado Libre Asociado… Que es lo que piden para sí algunos nacionalistas catalanes.

La visita a Guinea de nuestra Selección Nacional de Fútbol ha sido un acierto, esencialmente, por la afloración de afecto a España que ha permitido expresar a los guineanos.