La curiosidad de los periodistas y la angloestirpe

“No voy a satisfacer la curiosidad de los periodistas”. No tiene ningún desperdicio cualquiera de los componentes de esta frase, pronunciada por el general Félix Sanz Roldán, director del Centro Nacional de Inteligencia, al cabo de su presentación del ponente de determinada conferencia en uno de los foros que suelen celebrarse en el “Ritz” de Madrid. No cabe menos displicencia con quienes profesionalmente servimos al derecho social a la información. Pues sin ésta debidamente servida, quiebra una de las premisas capitales de la libertad de expresión: condición necesaria a su vez de la transparencia, consustancial a la democracia para las libertades. Tan poco bienquista de los totalitarios democráticos de todos los colores: alineados en filas bien prietas con las democracias para la igualdad, cuya desembocadura final, desde J.J.Rouseau en adelante, son los fastos estalinianos de los campos de concentración y los horrores de las cremaciones hitlerianas de descendientes de Abraham.

Sí. Tras de ese desaire a los profesionales de la información periodística (que no la de los tráficos de Estado para el poder de los Estados, propensos en sus abusos a constituirse en un fin en sí mismo), está también la dicha desconsideración para quienes desde los medios informativos cargamos con la tarea de ordenar y esclarecer las claves de tanto abuso de poder, avasallando los fueros de la privacidad y la seguridad de tráficos económicos, desposeídos de las condiciones de hecho necesarias para que prevalezca la seguridad jurídica en todos los ámbitos de la vida dentro de eso que se llama la convivencia civilizada.

Pero hay estilos y estilos de hacer las cosas y de comportarse conforme los códigos de eso que se llama la civilización occidental. Frente al confianzudo irrespeto del Director del CNI – con su rango orgánico de Secretario de Estado – y el secreto de su deposición en el Congreso-, hemos sabido en estas últimas horas de la comparecencia de su homólogo en la NSA, el general Keith Alexander, en la Cámara de Representantes, para hablar de lo hecho y dejado de hacer sobre el ciber-espionaje por parte de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense. De todo lo cual, informativamente, han rendido allí cuentas a la opinión pública de su país y del resto del mundo. Son estilos y maneras de hacer.

En una genuina democracia para las libertades, como es la norteamericana, no hay empacho en que a las cosas se las llame por su nombre. Pero en un régimen partitocrático, como este en el que ha derivado la democracia española al cabo de la Transición, las cosas cada vez resultan menos de los consensos sociales validados en la transparencia pública – a la que sirve la libertad de expresión – que de los transversales y opacos pactos de poder. De donde salen las complicidades y los silencios hechos a contrata.

Más allá del incidente protagonizado por el director del CNI, lo que importa de la jornada en este orden de cuestiones del ciber-espionaje; lo que se echa escandalosamente en falta es una declaración o nota oficial del Gobierno sobre las discrepancias entre manifestado por el general Alexander sobre el papel jugado por España y Francia y las medias palabras del ministro de Asuntos Exteriores. Tan importante es la seguridad contra el terrorismo de toda laya como el valor de la moral y del respeto debido a todos los aliados, no sólo a los de la angloestirpe.