La Fiscalía General, contra el abuso norteamericano

En lógica constitucional, el abuso de poder cometido por la primera potencia mundial en términos de abusiva desconsideración incluso con sus propios aliados – sólo exceptuados de ella la Comunidad de Inteligencia integrada por los del anglo-círculo de los Cinco ( la propia Norteamérica, Inglaterra, Canadá, Australia y Nueva Zelanda) -, tenía que desembocar, una vez desveladas tan globales prácticas de injerencia, en generalizada respuesta desde los respectivos ordenamientos jurídicos de los afectados.

Ahora le ha llegado el turno a España, luego de que las últimas filtraciones aportadas por el desertor Snowden y sus colaboradores periodísticos, pertenecientes también a ese mismo patrón político-cultural de los exceptuados de agresión político-informática. La apertura de las diligencias fiscales sobre el cribado informático entre nosotros, incluidos probablemente todos y cada uno de de cuantos integramos la maltratada grey de los opinadores independientes y celosos de los fueros patrios.

Arranca este nuevo capítulo del vidrioso contubernio angloamericano llevando al flanco la nueva de que el presidente Obama considera la eventualidad de prohibir los tocamientos informativos a los líderes aliados. ¡Todo un detalle! La reflexión, equiparable a un examen de conciencia, vendría a poner de manifiesto las pifias de coherencia en que se incurre desde el poder, en su más amplia expresión, cuando la megapotencia estadounidense no viene asistida de los proporcionales niveles de rigor profesional de quienes asisten al césar.

Sólo había que ver el festín político en que se han recreado en el Congreso de los Diputados los representantes del comunismo marginal y residual, por poderle meter con tanto fundamento el dedo en el ojo al Imperio que le ganó la batalla política a la causa tan ardorosamente defendida en los documentales de la Segunda Cadena, con el discurso de Oliver Stone que nos ha glorificado a las Brigadas Internacionales en los tramos de su soflama roja sobre nuestra Guerra Civil. El espectáculo ha sido inefable, tanto que cabe decir que los agentes norteamericanos se nos injieren en todos los rangos de intimidad y secretos. Desde la misma procedencia nos remiten la apología de la Brigada Lincoln durante nuestra última contienda nacional.

Pero a lo que íbamos. La seguridad contra el riesgo del terrorismo islámico, o contra cualquiera otro, no puede saltar sobre su propia sombra vulnerando la seguridad de los aliados. Es algo que se explica en cualquiera de los aspectos del problema del poder, con la intrínseca propensión al abuso que es propia de éste. Siempre hay que recordar a propósito de esto aquello de Lord Acton de que el poder absoluto, por ilimitado, abusa y corrompe absolutamente.

De ahí que las alianzas con el titular de un poder tan singular en lo económico y lo militar como es el de Estados Unidos, no se deba concebir sin los contrapesos que dimanan de la soberanía de sus aliados, expresada por vía de sus instituciones de libertad fuente del propio derecho propio a exigir respeto. Resulta por ello elemental que el abuso, informático o de cualquiera otra clase no tiene cabida en las relaciones entre los aliados. Para algo más que para simplemente recordarlo, la Fiscalía General el Estado abre las correspondientes diligencias sobre el espionaje en España de esa Agencia Nacional de Seguridad.