El “encaje” de Cataluña, un juego de manos

El encaje de Cataluña en España es difícil, ha dicho Alfredo Pérez Rubalcaba. Lo que resulta difícil, además de ruinoso para todos, sería el desencaje, la ruptura, la separación de Cataluña. No es indiferente el punto de mira, enfocar la cuestión desde el extremo en que lo hace el secretario general del PSOE, o mirarlo desde el lado contrario, por más que parezca irrelevante verlo de una manera o de la opuesta, porque lo más parecido al Polo Norte sea el Polo Sur. Es ahí dónde está la trampa. O dicho de otra manera, encaje y desencaje son supuestos parecidos en extremo, pues resultan simétricos en su enunciado y antagónicos en su sentido final.

La propuesta de Rubalcaba de ofrecer la reforma constitucional a los nacionalistas catalanes, para que renuncien a la consulta en que insisten, es algo más que un aparente regalo dialéctico. Supone tanto como un principio de complicidad con ellos. Y si para mejor entendernos reparamos en lo que fue la dialéctica de la Transición para mejor “encajar” el nacionalismo catalán y vasco en el Estado Autonómico – que virtualmente es un Estado federal avanzado por el peso masivo de las competencias que al cabo se transfirieron desde la Administración Central -, afloran claves que se remontan más tiempo atrás. No sólo de la resistencia al franquismo, resultante de la Guerra Civil, sino de la propia II República: secuestrada por las complicidades de la izquierda socialista con los nacionalistas catalanes. Una convergencia política de pasión alternativa a cuanto pudiera parecer, dicho en terminología de los años 30 y sus fascismos de todos los colores una “república burguesa”, que encontró su cénit sinérgico el 6 de Octubre de 1934, con la Huelga General Revolucionaria y la proclamación en Barcelona por Luís Companys del Estado Catalán desde la Generalidad.

Pero vale la salida de Rubalcaba para esta reflexión sobre lo inadecuado, sospechoso y eventualmente asociado al imaginario de secesión que se rastrea, cuesta arriba, en la constante genética del PSOE. Constante de la que parecía haberse redimido la facción socialista superviviente de la contienda y del consecuente exilio de la derrota. Aquel PSOE “histórico” perdió la partida, en el Congreso de Suresnes, frente a los “renovados”, que entre sus propuestas programáticas no enarboló ocurrencia más insigne que la de apostar por el derecho de autodeterminación…

Algo que enlazaba con el wilsonismo del nada socialista Manuel Azaña en el despegue e la II República, al ofrecer a la Generalidad resucitada que pidiera cuanto quisiera en su propuesta de Estatuto a las Cortes Constituyentes – pretensiones que luego el propio Azaña pararía y recortaría en Madrid – y cuyo último rebote por ahora estuvo a cargo de José Luís Rodríguez Zapatero, con su remedo del error azañista al ofrecer lo mismo a la Generalidad pactada por Adolfo Suárez el presidente Tarradellas. Aunque Zapatero, en su dislate, fue mucho más allá que el Azaña del primer entusiasmo pro-nacionalista, cuando de impávida manera dijo aquello de que la nación – la española por supuesto – era algo “discutible y discutido”.

No parece verosímil que Mariano Rajoy entre al trapo de un consenso puntual con Rubalcaba para dar salida constitucional al dilema soberanista de Mas y Junqueras por vía de una reforma federal del Estado. Al Estado Autonómico de la Constitución de 1978, como entendemos muchos, bastaría con sólo cambiarle el nombre para entenderla como federal. Eso propuesto es una trampa. O quizá, más propiamente dicho, un recurso dialéctico a la desesperada de Alfredo Pérez Rubalcaba para cambiar el eje de su derrotado discurso desde la Oposición. Ya que el de la economía, al que fue segundo de Zapatero, se le ha muerto entre las manos cuando la economía española, superada la recesión, dobla el Cabo de Buena Esperanza. Puesto el rumbo a la creación de empleo.