El espionaje USA, tema que no cesa

La dinámica de bola de nieve en que progresa y crece el tema del ciberespionaje, un proceso que pone patas para arriba los complejos sistemas de solidaridad y recíproca confianza en el seno de la comunidad occidental, configurada en el tiempo transcurrido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial; ese cambio de onda larga y profunda en el formato de las relaciones entre naciones aliadas, de primer, segundo y tercer nivel, ha hecho algo más que cuestionar lo “ciego” de la confianza que Washington podía inspirar en los Gobiernos de este lado del Atlántico. También ha permitido aflorar informaciones estructurales sobre los estratos de la relación de fondo y sobre la segmentación de las propias sintonías y fidelidades existentes en la comunidad occidental de intereses.

Fuera de la relación de cada uno con el socio estadounidense existía, según se desvela ahora, un nexo específico de Estados Unidos con otros cuatro miembros del universo occidental. Un nexo de naturaleza etno-cultural, el anglosajón, establecido entre la primera potencia mundial y Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Esta especificidad compartida en términos que cabría denominar de estirpe histórica, venía y llega traducida por un rango de trabazón y colaboración informativas y operativas de primerísimo nivel. Corresponde al subconjunto anglosajón.

Pero hay otro más, según ahora se revela, de menor proximidad identitaria en términos de valores y de recíproca confianza – entre los que figuran Alemania, Dinamarca, Suecia, Filipinas, Corea del Sur y Filipinas -, habiéndoles llegado también, que se sepa, el turno de injerencia por parte de la Agencia Nacional de Seguridad norteamericana, como ha sido el caso de Berlín, con el pinchazo en los teléfonos móviles de la canciller Merkel.

Estos distingos en el grado de confianza, colaboración y fidelidad lleva luces, observaciones, advertencias y preocupaciones de la más diversa consideración y naturaleza, tanto en el orden de la confianza entre los socios diríamos que “corrientes” y el cabeza de serie en el bloque occidental y el resto de los componentes de este mismo bloque. Las proyecciones de conjunto, dicho queda, afloran interrogantes sobre qué corresponde hacer a quienes componemos el varillaje de ese paraguas informativo y político, en aras de la compartida seguridad y, al propio tiempo, especialmente para los españoles, respecto a qué conclusiones orienta sobre las propias condiciones de unidad y coherencia nacional en cada uno de los Estados concernidos.

Vemos que mientras entidades supraestatales han llegado a grados y niveles de integración que rebasan largamente lo convencional en marcos como la OTAN – que el paso de los años vacía o modifica en sus respectivos contenidos – al adentrarse funcionalmente en profundas integraciones de soberanías, mientras otro pueblo, como el español, se desenvuelve entre tensiones de disgregación por la explosión nuclear de ambiciones de soberanas. Nacidas de la falsificación de la Historia y por causa de la hipertrofia de alguno de sus componentes subnacionales. Y en tanto estas derivas no tienen más resultado y destino que la desvitalización del conjunto patrio, al que pertenecen tales componentes instalados en la disidencia, otras estirpes de pueblos encaran el futuro en pactos desde la compartida identidad anglosajona, para preservar su seguridad ante el acoso del terrorismo y para otras cosas menos laudables. Tal como ha hecho el club de los “anglos” con el espionaje, trabajando para sí a expensas de la debida lealtad hacia sus socios y aliados.

Lo practicado desde Washington con los socios europeos tendrá consecuencias de onda larga. Algunas ciertamente positivas, como el fortalecimiento de la unidad de Europa, más allá del simple y eventual desenganche pleno del socio británico y, posiblemente, con la reapertura política y económica del Viejo Continente al mundo hispánico.