Colonialismo por rellenos en Gibraltar

Los medros coloniales en Gibraltar, la expansión parasitaria de lo expoliado durante la guerra europea por la sucesión en la Corona española, librada en nuestro suelo patrio, estuvieron siempre asociados a compases nacionales de debilidad crítica. Siguieron el patrón establecido en el propio hecho histórico causante del expolio contra la integridad territorial de España. Ese proceso expansionista jamás se ha detenido, siendo más perceptible y acentuado, sin embargo, conforme a su condición infecciosa, durante los dichos compases de debilidad nacional. El más perceptible de todos, la construcción del aeropuerto de la Colonia durante nuestra última guerra civil sobre la superficie del istmo, al cederse su uso temporal a principios del Siglo XIX para el establecimiento de un lazareto donde recluir a los afectados por un episodio de peste.

Pasó la epidemia y nunca los británicos levantaron el campo, convirtiéndolo luego en otro suyo de aviación, a despecho de los límites territoriales de soberanía pactados en el Tratado de Utrecht. Medió para que al cabo se llegara a tal desenlace, el concurso de circunstancias nacionales de debilidad crítica como fueron, junto a nuestra guerra civil del Siglo XX, la ridícula y tragicómica campaña militar de unos cantones contra otros al hilo del experimento federalista, que incluyó episodios como movilización de la Flota por el llamado cantón de Cartagena y la intervención pacificadora de la Royal Navy; sucesos de porte tan grave como expresivo del grado de debilidad nacional a que se había llegado. Sumado todo ello al rédito de prestigio histórico resultante del apoyo británico contra la invasión napoleónica durante la Guerra de la Independencia, explican que se consolidara la posesión británica del istmo gibraltareño.

Ha ocurrido también que al coste de los compases históricos de debilidad crítica se vinieran a sumar durante la Transición los errores políticos de los Gobiernos socialistas con el tema de Gibraltar, desde la apertura de la verja y el levantamiento de las restricciones de uso en el aeropuerto al otorgamiento práctico de condición de parte – junto a España y el Reino Unido- del gobierno doméstico de la colonia. Y ha sido ahora, por aparente iniciativa de éste y el visto bueno de Londres, cuando se ha incoado una nueva fase expansiva del hecho colonial, presionando – contra lo establecido en el Tratado de Utrecht – con la reclamación de supuestos derechos de aguas territoriales para la Colonia, y en cualquier caso, prácticas apropiatorias del espacio periférico del Peñón, a expensas naturalmente de las aguas españolas y de sus correspondientes fondos marinos. De un lado, con la implantación de bloques de hormigón que impiden el faenado de nuestros pesqueros en la zona; de otra, con la instalación de gasolineras flotantes, y, como coronación del expansionismo, con el relleno de un arco del perímetro gibraltareño con rocas, arenas y gravas sobre las que montar en su día un ambicioso complejo turístico y residencial.

Los materiales para tal proyecto fueron hasta ahora de origen español, pero cortado ese tráfico – con tardanza tan cierta como exponente de irresponsabilidad por parte de la Junta de Andalucía -, tales aportes se reanudan ahora desde canteras portuguesas por parte de una empresa holandesa, prolongándose con ello la colaboración angloholandesa que hace tres siglos llevó a la ocupación colonial de Gibraltar. Entonces, para el atraco y ahora para la multiplicación y sustitución de sus réditos, que entonces fueron estratégicos y geopolíticos y que ahora son económicos, previamente potenciados con estructura de comunicaciones durante el tiempo del último Gobierno de Aznar, en los prolegómenos de aquel pacto de cosoberanía hacia el que se avanzaba con el Gobierno laborista de entonces.

¿Se produce este último proceso expansivo fuera del contexto de debilidad nacional en que acontecieron los otros, quebrándose así la establecida regla histórica? Puede que sí. La crisis económica, que empieza a ceder con el fin de la recesión, posiblemente haya pesado en el cálculo neocolonialista británico. Pero probablemente mucho más que eso, lo que estén descontando en Londres como pérdida de salud nacional española sea la presión separatista vasco-catalana. Que siempre, por otra parte, tuvo las bendiciones de quienes nos robaron Gibraltar.