De la Cumbre al Otero Iberoamericano

La convalecencia postquirúrgica del Rey ha operado como catalizador de las luces y sombras que concitaban el cambio de la reunión anual de jefes de Estado y Gobierno de los Estados miembros de la Comunidad Iberoamericana de Naciones. Eclipsada por razones médicas la virtualidad integradora de la cortesía institucional establecida por costumbre de dos largas décadas a la Corona de España, todos los flancos de adhesión incursos en alguna suerte de distonía con el proyecto en común del mundo hispánico, o con su escala de vigencia mantenida hasta ahora, han aflorado en régimen poco menos que de borbotón.

Y a la relevancia del suceso no le resta un adarme las consideraciones, digamos técnicas, que apuntándolo en cierto modo han llevado al consenso para establecer las importantes modificaciones acordadas ante los próximos encuentros; la más sensible de todas, el paso a las Cumbres bienales, desde la bianualidad reservadas para ellas hasta ahora. Los cambios también acordados en el régimen económico-presupuestario de las mismas tienen también su interés, aunque en el fondo de los mismos pese menos el montante objetivo de las respectivas aportaciones nacionales, tanto por la reducción del porcentaje español desde la incidencia de la crisis económica como por el incremento de las aportaciones americanas desde el inverso síndrome de éstas con los respectivos auges de sus economías. Generalmente, por la subida en los precios de las materias primas.

Pero no son técnicas sino políticas las motorizaciones del cuadro de defección habido en la Cumbre de Panamá. Unas, de nítida previsibilidad, como las correspondientes a la orquesta chavista, cuya fatuidad ideológica corre pareja a la inanidad de su discurso político y a la torpeza sistémica en la gestión de sus problemas económicos y sociales. Siendo paradigmático en este orden el caso de la Venezuela gobernada por Nicolás Maduro, en la que a los tropiezos en este conjunto de cosas se han venido a sumar el gran salto adelante contra la democrática libertad de los medios de información expresada con la intervención de la policía política del régimen en las Redacciones de medios periodísticos independientes. Con todo lo que ello supone de un formato nítidamente totalitario y específicamente comunista, como el castrista cubano; por pretendidamente justificado en una supuesta “conspiración de la burguesía” como responsable de las carencias económicas y políticas que padece Venezuela, resueltas en los desabastecimientos imperantes para toda suerte de productos de consumo. Desde el pan hasta el papel higiénico.

Además de otros casos dentro del cuadro de defecciones habidas en la Cumbre Iberoamericana de Panamá, como los de Bolivia, Nicaragua y Argentina – que de puro obvios no merece la pena pararse en ellos -, resulta de obligada referencia la observación de que sin las Cumbres Iberoamericanas, como catalizador de dinámicas regionales en Iberoamérica, no habrían proliferado otros subcircuitos de conferencias estables dentro de este escenario general del mundo hispánico. Algo que por si mismo habría de bastar para que el cambio de las Cumbres hacia la bianualidad no derive en una pérdida de cohesión regional y de consciencia de que existe base y necesidad de un proyecto común, puesto que son muchos – y pueden ser más – los intereses compartidos. Tal es lo importante. No que las Cumbres, episódicamente parezcan reducidas a oteros. Las experiencias de otros conjuntos postcoloniales con muchos menos activos de civilización que el nuestro debieran servirnos de recordatorio y ejemplo.