Alerta israelí ante la apertura de Irán

El desarrollo de los acontecimientos iniciados en Nueva York con la conversación telefónica de los jefes de Estado – Barack Obama y Hasan Rohani – de dos naciones, Estados Unidos y la República Islámica de Irán. sin diálogo formal alguno entre ellas desde hace 30 años; luego de que en Ginebra se entrara por fin en materia, negociando condiciones concretas para tocar fondo procesal – cosa que ni siquiera se hubiera entrevisto en los anteriores encuentros de los “Cinco más Alemania” con la delegación iraní, para discutir sobre el programa nuclear de los persas -, significa ello una secuencia revolucionaria capaz por sí sola de presidir una cambio de época en la crónica de las relaciones diplomáticas internacionales en el arranque del Siglo XXI.

Algo equiparable, como ya ha sido apuntado, a lo que trajo consigo en la pasada centuria la llamada “diplomacia del ping pong” entre Washington y Pekín durante la presidencia norteamericana de Richard Nixon. Claro exponente del rango político de este cambio – abierto en Irán por la llegada al poder en las últimas elecciones presidenciales de Hasan Rohani – ha sido la alarmada reacción del Gobierno de Israel. Una alarma proporcional a los riesgos que puede suponer para el Estado nacional judío un fin de la presión internacional sobre el Gobierno de Teherán para que renuncie a las condiciones, algunas ya logradas, destinadas a conseguir tanto la bomba atómica, y para alcanzar las capacidades tecnológicas necesarias con que modularla como cabeza del misil que fuese portador de la misma. Sumado a ello el hecho de que la República Islámica de Irán haya blasonado hasta tiempo reciente de que dispone ya de cohetería balística con radio suficiente para alcanzar Israel, y la circunstancia de que el anterior presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, insistiera en la idea de que el Estado judío está de sobra sobre la faz del planeta …, es muy fácil comprender la enfática e insistida reacción de Benjamin Netanyahu contra la cancha que se le está internacionalmente otorgando al nuevo discurso de la Persia islámica en este arranque del Siglo XXI.

Obviamente es de prever que no se arriarán a corto plazo las cautelas internacionales vigentes hasta ahora, levantando las duras restricciones acumuladas en los últimos años, cuyo efecto ha sido devastador para la economía iraní, con una caída sustancial de sus exportaciones de crudo, el disparo de la inflación a cotas venezolanas y el crecimiento del paro a tasas españolas de ahora, además de las disfunciones estructurales en la industria iraní por causa del embargo de tecnologías industriales, claves para la extracción y el refino de su petróleo.

Existe una incuestionable balanza de recelos en la nueva ronda de encuentros políticos en Ginebra; encuentros de distinta significación para cada uno de los frentes dialécticos. Los recelos iraníes corresponderían principalmente a cuestiones de política interna, por causa de la propia radicalidad formal del cambio de planteamientos en que se ha instalado la política de Rohani. Y enfrente, los recelos capitaneados en primer lugar por las grandes potencias, que se centran en la necesidad de que Irán se atenga al Tratado de No Proliferación Nuclear. Aunque no son despreciables en esto los recelos y las cautelas de la comunidad petrolera del Golfo, más allá del muy relevante peso del respectivo alineamiento religioso dentro del Islam, con el chiísmo de Irán y el sunismo más que mayoritario en los Petroestados árabes. Junto a ello es de considerar también la obvia diferencia entre la milenaria data del poder persa como Estado y la palmaria evidencia de que los Estados árabes de la región son, antes que nada, meras superestructuras políticas de los caudales del petróleo.

Por genuino y sólido que sea el cambio incoado en la República Islámica de Irán, y por cierto que sea el consenso internacional en las negociaciones de Ginebra, no sería realista esperar que desaparezcan – pese a los progresos que se logren a medio o corto plazo – los recelos entre las partes. Principalmente el alarmado recelo de Israel.

Sobre el autor de esta publicación