La “vergoña”

El horror de la renovada tragedia de los naufragios en el Canal de Sicilia que ha hecho  brotar de la boca del Papa la ira de la vergüenza, viene a completarse en indignación colectiva por ciertas de las circunstancias cooperantes a la magnitud de la catástrofe humana que ha supuesto esta enorme mortandad de eritreos y somalíes.

Que barcos pesqueros avistadores del desarrollo de la tragedia hicieran caso omiso de las demandas de socorro de los inmigrantes y no modificaran el rumbo que traían, es algo imposible de perdonar; por más que tampoco quepa entender esa omisión de socorro por  la reiteración de que este tipo de naufragios y de muertes masivas de pobres gentes que huyen a la desesperada de un África imposible, desde la idea de que el espectáculo de toda violencia, cuando se repite, agota la sensibilidad y encallece el alma de quienes la contemplan.

Pero eso es tan cierto como que la cuestión más de fondo -por mucho que lo sea tan heladora inhumanidad de quienes no aportaran su auxilio, aunque en otras ocasiones sí lo hicieran-, estriba en causas objetivas que trascienden el espanto humano ante lo sucedido. Y corresponden estas causas, tal como es propio de un análisis de las condiciones desde la que cursa la renovada tragedia junto a la isla de Lampedusa, cuya población, conforme las palabras de su alcalde, carece de espacio en el que dar tierra a los 11.000 africanos ahogados allí desde que comenzó a pulsar la crisis de sostenibilidad de las condiciones en que viven las gentes de ese espacio del África nororiental, pero también de otros espacios de ese Continente, como fue el caso de los libios que quisieron escapar de los horrores de la reciente guerra civil que acabó con el régimen y con la vida de Nuamar Gadafi.

Pendiente está de hacerse con la honestidad necesaria el  análisis y la crítica de que cómo se hizo ahí en otras partes la descolonización del continente africano, al acabar la Segunda Guerra Mundial, por la presión conjunta de las dos grandes potencias, Estados Unidos y la URSS, vencedoras del conflicto, a costa del tipo de instalación histórica de Europa en el mundo africano. Instalación que, de otra parte, normalmente no fue muy modélica que digamos a partir de los términos y de la forma que se aplicó en la Conferencia de Berlín, durante el último tercio del Siglo XIX.

Somalia, como Estado fallido, no sólo da de sí en las actuales circunstancias a las explosiones de violencia terrorista y pirateria por tierra y mar de los señores de la guerra, que obliga al normal de la población a escapar en todas direcciones sino que desestabiliza su paupérrimo entorno; mientras que Eritrea es un claro exponente de fallida sociedad nacional por las irremontables condiciones de pobreza. Pero es que todo ello además, en estos y en otros muchos más casos, aparece como encapsulado dentro de un complejo de errores, frivolidades y torpezas internacionales que han llevado, por falta de rigor y coherencia, a transformar los problemas, agravándolos, en lugar de aportar las soluciones correctas para los mismos.

Un ejemplo claro ha sido el de la aportación internacional de medios para la higiene de la infancia, pero sin posteriores condiciones políticas, económicas  y sociales para el desarrollo del conjunto de la población. Ello ha desembocado en un crecimiento demográfico prácticamente insostenible, que impele huir a sus gentes, al precio que sea. Aun al de su propia vida.

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