Berlusconi y la perversión de la política

No cabe decir derrota de Berlusconi. Siguiendo la supuesta máxima itálica de que soldado que se rinde puede servir para otra batalla, “Il Cavaliere” ha saltado de la propia trinchera a portaestandarte de los vencedores en la guerra parlamentaria por él iniciada contra el Gobierno del socialdemócrata Enrico Letta diciendo, cuando se esperaba lo contrario, “hemos decidido, no sin trabajo interno, otorgar un voto de confianza al Gobierno”.

Al fin y al cabo, para su primitiva moral de cantamañanas en cruceros, era más peor aun perder el propio partido, el PDL, que sucumbir políticamente en su desafío al Gabinete de Letta y al poder más que moral del presidente de la república italiana, en su desafío extremo a las instituciones del Estado para evitar su propia expulsión de ese Senado en que se ha producido el rocambolesco pasaje de su impredecible y reverente apoyo al actual Consejo de Ministros.

Como quiera que la marquesa de la crisis del euro no está para tafetanes, por lo que la situación creada en Italia por el presidente del Consejo del Partido de la Libertad, con sus daños repercutidos con la prima de riesgo en los compañeros de fatigas del sur de la UE, el sorpresivo desenlace de la crisis política italiana ha tenido y tendrá su descuento en los mercados y en el curso general de las expectativas occidentales.

Alentadas éstas, en términos de globalidad, por los horizontes que abre la principiada normalización de las relaciones entre Estados Unidos e Irán, que si bien es cierto que habrán de afianzarse en un acuerdo a corto plazo sobre el programa nuclear de los persas, no lo es menos que lo habido hasta ahora – aunque sólo sea por su simbolismo – permite ya una distensión significativa en el Oriente Medio, necesariamente proyectada de modo positivo sobre la dinámica de los precios del petróleo.

A todo este giro de fondo afectaba el teatro político italiano agitado por el empeño desestabilizador de Silvio Berlusconi con la esgrima parlamentaria destinada a resolver sus propios problemas con los tribunales de su país. Por las consideradas razones, Il Cavaliere entendiendo in extremis que la pérdida por descomposición del PDL hubiera implicado la pérdida menos de su “patrimonio estratégico” que la del quizá más estratégicamente relevante de sus recursos de poder, ha optado a última hora por dar el volantazo.

Pero con todo y con eso el problema de la inestabilidad política de Italia sigue ahí como consecuencia, entre otros muchos factores, de la patrimonialización de la política misma y, en el fondo, por la relación promiscua entre el poder económico y los resortes públicos, de consecuencias prácticas tan graves contra las libertades como las que históricamente se han derivado de la falta de separación suficiente entre los poderes en todo Estado y en cualquier régimen que se reclame de democráticos. El absolutismo es vicio que, en las democracias, cursa de forma subálvea como corrupción, pervirtiéndolas, por debajo de poderes formal y constitucionalmente separados.

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